por Carlos Reyes

Quien hace que se convierta el pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte, y cubrirá la muchedumbre de sus propios pecados. (Santiago 20)

Dios creó a nuestra alma a su imagen y semejanza; la hizo inmortal y la elevó sobre todas las criaturas de este mundo. El quiere que gobierne a nuestro cuerpo durante la vida, y que, después de nuestra muerte, sea heredera del cielo. Debemos reconocer la grandeza de nuestra alma.

Jesucristo ha muerto por todos los hombres, es una verdad de fe. 

Debemos perder todo antes que perder el alma; riquezas, honores, gustos, salud, todo esto es nada en comparación de nuestra alma.

La mayor gloria que podemos procurar a Dios, es trabajar por la conversión de las almas, pues por ellas dió una sangre que no hubiera dado para impedir la destrucción del mundo. El Hijo de Dios ha derramado su sangre por tí: ¡surge, alma mía, vales la sangre de Dios! (San Agustín).

Considerando la vida de los santos, su celo por la salvación de las almas y en particular el celo de San Pablo, apóstol de los gentiles; por   sus hermanos de raza según la carne (Ref. Rom 9 1-3), algunos hijos de la Iglesia -cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares- estamos viviendo una situación similar, obviamente salvando las enormes distancias en cuanto a santidad y celo por la salvación de las almas.

Primeramente nos sabemos pecadores, necesitados de conversión; sabemos que no tenemos ningún derecho a tirar la primera piedra contra el resto de hermanos en la fe. Pero debido a que tenemos consciencia de la gravedad del pecado, que es lo que nos aleja de Dios, nos preocupa sobremanera cuando vemos a nuestro alrededor -en parroquias, en retiros y en grupos laicales- que hay situaciones de pecado que no son confrontadas, que incluso son justificadas en nombre de una falsa o mal entendida misericordia divina.

En segundo lugar, da la impresión de que existe ya latente desde hace muchos años una falta de confianza en el poder de la Gracia de Dios, que transforma corazones y espíritus. Parece como si existiera la percepción o idea de que el Espíritu Santo fuera incapaz de conseguir que quien vive en pecado de adulterio, fornicación, idolatría, avaricia o cualquier otro pecado grave, pueda con Su ayuda, abandonar  el camino de muerte eterna para entrar plenamente en la vida de santidad a la que todos somos llamados.

Cometen una falta grave, aquellos quienes piensan que cuando se exhorta a la conversión de los demás, indicando los pecados que impiden su salvación, nos comportamos como "justicieros inmisericordes", "gente sin piedad" y otros epítetos de esta naturaleza. Esto es lo contrario, a lo que dice la Escritura:

Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su errado camino  salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados. (Stg 5 19-20)

¿Existe acaso un más grande acto de caridad cristiana que, movidos por la Gracia de Dios, podamos ayudar  a otros a salvarse? ¿Cómo es posible que aquellos que, aunque torpemente, tratamos de seguir hoy en día los pasos de grandes santos, seamos vistos como enemigos de la misericordia divina? ¿A qué visión alterada de la verdadera fe se está llegando hoy en día? ¿A qué grado de depravación espiritual se nos quiere llevar?

En tercer y último lugar, debido a la gran cantidad de doctrinas que se ofrecen hoy día como cristianas, lo mejor es atenerse a Cristo para así evitar la confusión e incluso la pérdida de fe.

Cristo es el eje básico en la Iglesia: “Sin mí, no podéis hacer nada”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “sin mí no podéis ir al Padre”. Todo esto se ha olvidado en la predicación de hoy.

Y no digamos, cuando lo que se enseña es contrario a lo que Cristo nos dijo. Y todo esto comenzó cuando empezó a decirse que la Iglesia tenía que abrirse al mundo, y no ser diferente del mundo; para así no aparecer como obsoleta, anticuada e inservible para el hombre de hoy. Esta “apertura” condujo a un cambio de doctrina. Ya no había de condenar errores. Si la Iglesia no hubiera condenado los errores en el pasado ya habría desaparecido.

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