Revista San Miguel - Edición no. 29

Cardenal Thomas Collins, arzobispo de Toronto (Canadá)

El derecho a morir en práctica se convertirá en algunos casos en el deber de morir, como una presión sutil ejercida sobre los vulnerables.

En una intervención realizada en Ottawa ante el Comité Especial Adjunto sobre la Muerte asistida por Médicos, el cardenal Thomas Collins, compareciendo en nombre de la coalición por el cuidado de la salud y la conciencia, se opuso al suicidio asistido y urgió a los legisladores a proteger los derechos de conciencia de los que proveen servicios de salud.

Sigue el texto de su intervención...

Durante siglos, organizaciones y comunidades basadas en la fe han cuidado de los más vulnerables en nuestro país y lo hacen también a día de hoy. Sabemos lo que es acompañar a aquellos que están encarando un gran sufrimiento en mente y cuerpo, y nosotros estamos comprometidos a servirlos con amor compasivo que está enraizado en la fe y expresado en los mejores servicios médicos disponibles.

Estamos reunidos con una misión común:

Respetar la santidad de la vida humana, que es un regalo de Dios.

Proteger a los vulnerables; y,

Promover la capacidad de los individuos y de las instituciones para proveer cuidados médicos sin ser forzados a comprometer sus convicciones morales.

Esta misión hace que no podamos apoyar o condonar el suicidio asistido o eutanasia.

La muerte es la conclusión natural del camino de la vida en este mundo. Como el autor del libro del Eclesiastés observó sabiamente hace mucho tiempo: «El polvo vuelve al tierra donde estaba, y el aliento de la vida vuelve al Dios que la dio». La muerte nos llega a todos, y por eso los pacientes están totalmente justificados cuando rechazan tratamientos gravosos y desproporcionados que solo prolongan el inevitable proceso de morir. Pero hay una diferencia absoluta entre morir y ser asesinado. Nuestra convicción moral es que nunca está justificado que un médico ayude a quitar la vida de un paciente, bajo ninguna circunstancia.

Les urgimos a considerar con cuidado los drásticos efectos negativos que el suicidio asistido por médicos tendrá en nuestro país.

Matar a una persona no se verá más como un crimen, sino que se tratará como una forma de cuidado de salud.

Según el Tribunal Supremo, los adultos de cualquier edad – no solo los que estén a punto de morir – pueden pedir el suicidio asistido. Siguiendo la estela de algunos países europeos de cuya experiencia con el suicidio asistido y la eutanasia hacemos caso omiso bajo nuestro propio riesgo, el consejo de expertos territorial-provincial ya ha ido más allá de la restricción del suicidio asistido a adultos y ha propuesto incluir a los niños.

El derecho a morir en la práctica se convertirá en algunos casos en el deber de morir, como una presión sutil ejercida sobre los vulnerables. Aquellos llamados a la vocación de sanar estarán en cambio comprometidos con matar, con un efecto grave tanto con la integridad de la profesión médica comprometida a no dañar, como en la confianza de los pacientes que tienen en aquellos en los que buscan sanación. Incluso para los doctores que en principio apoyan esta legalización no será fácil cuando experimenten estás implicaciones de largo alcance.

El fuerte mensaje del Tribunal Supremo es inconfundible: algunas vidas no merecen la pena. Discordamos apasionadamente.

A la luz de todo esto, está claro que la gente razonable, con o sin fe religiosa, puede tener una convicción moral bien fundada en su conciencia que los previene de ser comprometidos de alguna manera en la provisión del suicidio asistido y eutanasia. Merecen ser respetados.

Es esencial que el gobierno asegure la efectiva protección de conciencia para los que proporcionan cuidados de salud, tanto instituciones como individuos. No deberían ser forzados a realizar acciones que van contra su conciencia, ni reenviar la acción a otros, ya que es el equivalente moral de participar en el acto mismo. Simplemente no está bien o es justo decir: tú no tienes que hacer lo que va contra tu conciencia, pero debes asegurarte de que ocurra.

Nuestro valor como sociedad se medirá por el apoyo que damos a los vulnerables. Gente enfrentándose a la enfermedad puede escoger acabar con su vida por razones de aislamiento, desánimo, soledad o pobreza, incluso aunque le queden muchos años por vivir. ¿Qué dice de nosotros una sociedad cuando los enfermos y vulnerables entre nosotros se sienten como cargas? A menudo,una súplica para un suicidio, es una petición de ayuda. La sociedad debería responder con cuidado y ayuda compasiva a la gente vulnerable, no con muerte.

Hasta ahora la mayoría de ciudadanos canadienses no tienen a disposición cuidados paliativos apropiados. Es un imperativo moral para todos los niveles de gobierno en nuestro país enfocar la atención y los recursos en proveer esos cuidados, que ofrecen control médico efectivo del dolor, y todavía más importante acompañamiento amoroso para aquellos que están aproximándose al inevitable fin de la vida en la tierra.