El Pecado Original

por José María Iraburu, sacerdote

–No me va a creer, pero yo nunca he oído predicar del pecado original…

–Le creo, por supuesto. Como «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34), no se habla de lo que no se cree. Por el contrario, «creí y por eso hablé» (2Cor 4,13). Varios documentos de la Iglesia van a introducirnos en el misterio del pecado original. Este tema tan importante dio lugar muy pronto a enseñanzas de la Iglesia sumamente valiosas (418, Sínodo XIV de Cartago: Dz 222-223; 529, Sínodo de Orange: Dz 371-372).

Y esta doctrina, ampliamente precedida y seguida por la enseñanza de los Santos Padres, halla en el período de la Reforma, en el siglo XVI, su máxima expresión dogmática.

–El Concilio de Trento (1546), en su decreto sobre el pecado original, afirma que

1. «Si alguno no confiesa que el primer hombre Adán, al transgredir el mandamiento de Dios en el paraíso, perdió inmediatamente la santidad y justicia en que había sido constituido, e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en la ira y la indignación de Dios y, por tanto, en la muerte con que Dios antes le había amenazado, y con la muerte en el cautiverio bajo el poder de aquel “que tiene el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Heb 2,14), y que toda la persona de Adán por aquella ofensa de prevaricación fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma: sea anatema» (Dz 1511; cf. Orange, 371).

2. «Si alguno afirma que a Adán sólo dañó su prevaricación, pero no a su descendencia; que la santidad y justicia recibida por Dios, que él perdió, la perdió para sí solo y no también para nosotros; o que, manchado él por el pecado de desobediencia, transmitió a todo el género humano “sólo la muerte” y las penas “del cuerpo, pero no el pecado que es muerte del alma”: sea anatema, pues contradice al Apóstol, que dice: “por un solo hombre, el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, por cuanto todos habían pecado” (Rom 5,12)» (1512: cf. Orange, 372).

3. «Si alguno afirma que este pecado de Adán, que es por su origen uno solo y, transmitido a todos por propagación, no por imitación, está como propio en cada uno, se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, “hecho para nosotros justicia, santificación y redención” (1Cor 1,30), nos reconcilió con el Padre en su sangre (Rm 5,9s); o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, debidamente conferido en la forma de la Iglesia: sea anatema. Porque “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que hayamos de salvarnos” [si no es el nombre de Jesús]. De donde aquella voz: “he aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo” (Jn 1,29)» (1513). 

El artículo entero lo podrá encontrar en la edición no. 29 (Marzo-Abril 2016) de la revista San Miguel. Suscríbase!