En mis preparativos para la peregrinación, leí un libro sobre San Charbel. Ya sabía que habían ocurrido más de 24 mil curaciones milagrosas, todas bien documentadas, que tuvieron lugar a través de su intercesión

Durante siete años estuve combatiendo los ataques de ansiedad que padecía. Empezaron a ocurrir en 2009, después de mi conversión, la cual se produjo gracias a una intervención milagrosa de San Juan Pablo II. No obstante, debo mencionar que anteriormente yo había estado involucrada en asuntos relacionados con las religiones orientales y la adivinación. Los ataques de ansiedad sucedían varias veces al día, impidiéndome funcionar con normalidad.

Las crisis de ansiedad son una enfermedad extraña. Sin que uno corra ningún peligro real, la angustia se apodera de uno y lo paraliza completamente. Cuando yo tenía mis ataques de ansiedad, todo mi cuerpo temblaba, y aquello podía llegar a durar varias horas. Durante un buen período de tiempo, ni siquiera podía trabajar, pues la ansiedad era demasiado fuerte. La doctora que cuidaba de mí me prescribía fuertes medicamentos, sedantes y somníferos. En aquellos siete años, casi no me separaba de ellos. Me sacaron de apuros en muchas ocasiones y llegó un momento en el que me crearon una dependencia a los medicamentos. Así estaba yo, hasta mi peregrinación al Líbano.

San Charbel

Fue mi amiga Margarita quien me habló por primera vez de San Charbel, y esto fue en 2014. La estuve escuchando con cierta incredulidad. Existen tantos santos, pero ella encontró a San Charbel, procedente de un país que apenas me sonaba de nombre. De hecho, ¿dónde está el Líbano? El nombre del país me sonaba solo de la Biblia, donde aparece mencionado más de 70 veces, pero para mí era como Leviatán: la Biblia también habla de él, pero ¿hay alguien que lo haya visto?

Además, ni el país, ni el santo me interesaban mucho. Pero, pasado un tiempo, volví a oír hablar del eremita libanés: mi jefe me preguntó un día que si lo conocía. Él había visitado el Líbano y allí conoció a San Charbel y el culto y la veneración que la gente le tiene.

Así llegó el mes de diciembre de 2014. Durante unos retiros de Adviento, nos ungieron, a mí y a toda la comunidad, con aceite de San Charbel. También vi una película dedicada a su vida. Entonces me llamó muchísimo la atención la humildad de aquel santo, y durante el acto de unción con el aceite, le recé por obtener la gracia de la liberación de mi enfermedad.

Un sueño y la lucha por la salud

En febrero de 2015 soñé, inesperadamente, con San Charbel. Eso ocurrió en un hotel de la ciudad polaca de Piła, en un viaje que hice por trabajo. Aquella noche, soñé con una confesión. Yo hablaba con el sacerdote de lo mucho que deseaba ser humilde. Le preguntaba cómo alcanzar esa gracia y entonces él salió del confesionario y me regaló una imagen de San Charbel, diciéndome que le rezara pidiéndole esta gracia. Me desperté convencida de que había sido una experiencia especial.

Los miércoles iba a la iglesia a hacer la adoración. Un día, en el lugar donde yo me quedaba siempre, encontré un folleto con la imagen de San Charbel. Un tiempo más tarde, me llegó una información sobre una peregrinación al Líbano. Era verano. Decidí ir allí, sin saber muy bien para qué. No tenía en mente la idea de ir a pedir mi sanación, pero había en mí cierta curiosidad o, simplemente, me atraía la figura del santo libanés.

En mis preparativos para la peregrinación, leí un libro sobre San Charbel. Ya sabía que habían ocurrido más de 24 mil curaciones milagrosas, todas bien documentadas, que tuvieron lugar a través de su intercesión.

Un sacerdote con quien mantenía contacto en aquella época, decía que mi enfermedad tenía un fondo espiritual. Justo después de mi conversión incluso me llegaron a exorcizar en dos ocasiones. Mi doctora, a su vez, decía que mi enfermedad solo radicaba en la esfera psíquica. Durante un año, seguí una terapia conductual para curar la ansiedad. El objetivo era controlar la angustia, tratando de explicar y entender el mecanismo que la crea: lo que sucede en el cerebro y en el resto del cuerpo. Además, nos enseñaban cómo debíamos respirar correctamente. Intenté aplicar todo lo que me decían, pero eso no me ayudó, por desgracia. En una ocasión, mi ansiedad llegó a ser tan fuerte, que los médicos de urgencias me tuvieron que administrar un sedante con una inyección.

Recé a Jesús repetidas veces para que me curara, sobre todo en las misas de sanación y en los encuentros con carismáticos católicos. También fui a San Giovanni Rotondo, para pedir al Padre Pío que me alcanzara la sanación. En aquel entonces hasta llegué a pensar que había quedado libre de mi enfermedad; pero no. Los ataques de ansiedad volvían a producirse.

Qué elegir, o las pastillas, o Dios

En mi peregrinación al Líbano, el 22 de agosto de 2015, llegamos al santuario de San Charbel. Muy temprano por la mañana, dejábamos atrás el santuario de Nuestra Señora del Líbano en la montaña de Harissa, para llegar a tiempo a la procesión que se celebra el día 22 de cada mes. Mientras iba corriendo para subir al autobús, de repente me acordé de que me había dejado el estuche de los medicamentos en la habitación. De manera que hice detener el autobús y volví corriendo al hotel. Tomé las pastillas y, a mitad del camino hasta la puerta, oí con claridad dentro de mi corazón:

«Tú vas a por la curación. No necesitas las pastillas». Estuve un rato sin saber qué hacer.

Así que empecé a dialogar con Dios: «Pero si tú sabes que he pedido por mi sanación tantas veces. Si me viene la ansiedad, ¡no podré vivir sin estas pastillas! Ya lo he suplicado tantas veces». Siempre lo pedía… Pero también siempre llevaba conmigo las pastillas, por si acaso.

«O confías en las pastillas, o en mí», volví a oír. Necesitaba dar un paso de fe… Tomé la decisión. Por primera vez en siete años dejé los medicamentos y fui a Annaya, con la con- fianza puesta únicamente en Dios.

Al llegar al monasterio, nos unimos a la procesión que bajaba de la ermita al santuario. Nos  precedía un monje con el Santísimo Sacramento y Nohad El Shami, la mujer a quien San Charbel le había pedido que cada mes se hicieran procesiones como aquella. Yo iba rodea- da de una multitud. Hacía mucho calor. Cantábamos una hermosa letanía, mientras yo pedía con ardor a San Charbel que me curara de la ansiedad.

Cuando llegamos al monasterio, me puse a buscar su tumba. Sin saber dónde estaba, corría por todas las salas, hasta que, de pronto, me encontré frente al propio ataúd con el cuerpo del santo. Me arrodillé. Y fue entonces cuando sentí una crisis de pánico poderosa. Pensé: «Pero ¡se supone que debía estar curada! ¿Por qué pasa esto?» De repente, la ansiedad, en vez de explotar como de costumbre, ¡simplemente desapareció! Me quedé junto a la tumba, a la espera de lo que iba a suceder… Pero no sucedía nada. En mi corazón oí estas palabras: «Estás curada». Desde entonces —ha pasado más de un año y medio— no tomo ningún medicamento contra la ansiedad, ni sedantes, ni somníferos.

Dar el testimonio de la curación

A los dos meses de ser curada, conté a mi doctora lo que había pasado.

Fue muy grande su sorpresa cuando le dije que había dejado de tomar los medicamentos. Se lo tomó con escepticismo y me ofreció una receta por si acaso; pero le contesté que no necesitaba más la medicación.

Siento una gratitud profunda a Dios por haberme curado y por haberme hecho conocer a San Charbel. Mi amistad con este santo supone algo más. Su manera de vivir y su relación con Dios me inspiran como un gran ejemplo. Decidí ser su apóstol. Traje de Annaya más de diez ampollas de aceite que voy regalando a todos los necesitados.

La consagración

y la multiplicación

Un día, me quedé con unas pocas gotas de aceite en el fondo de la última ampolla. El resto lo había donado a otras personas. Entonces recibí en mi casa la visita de una amiga. Sucedió que ella no podía levantarse de la cama, a causa de unos fuertes dolores en las articulaciones. Me puse a hablarle de San Charbel. Al principio estaba un poco escéptica, pero se dejó convencer para que yo le untara las partes del cuerpo doloridas con el aceite. Fui a buscar la ampolla… y la vi llena. La multiplicación del aceite se había producido dos días después de que yo hubiera realizado un acto de entrega personal de mi vida a Dios, abandonándome confiadamente a su total disposición.

En diciembre de 2015, el día de mi cumpleaños, me llegó un correo electrónico con una oferta especial: era un pasaje de ida y vuelta a Beirut, a un precio muy rebajado. Sin pensármelo dos veces, lo interpreté como un regalo de parte de San Charbel y compré el pasaje. En abril de 2016 volví a visitar el Líbano y, gracias a una libanesa conocida, pude dar el testimonio de mi curación en idioma árabe, ante el padre Louis, en el monasterio de Annaya. Se trataba de la primera declaración de un milagro de curación ocurrido en Polonia en el año 2016. Quedó registrado bajo el número 95/2016.

Desde julio de 2016 vivo totalmente dedicada a la evangelización. Dejé el trabajo en una multinacional y un puesto directivo, dejando atrás un sueldo fijo y todos los extras que me proporcionaba aquel trabajo, los teléfonos móviles etc. Dios me confirmó que quería servir- se de mí y que cuidaría de mí; y así es siempre. ¡Alabado sea por ello!

Barbara (autora de la fanpage de Facebook

Cuda Charbela, en lengua polaca)