¿Hacia dónde va el Ecumenismo...? (conferencia del Dr. Mario Caponnetto)

Seguimos con el tema, sí, porque no es de poca monta, pues está en juego nuestra propia identidad de católicos, vale decir: nuestra propia subsistencia como tales.

 

Porque si en estos días oímos hablar a Nuestro Señor sobre la gravedad del descuido de nuestros talentos, creemos que el mayor talento que podemos haber recibido es la vida de la Gracia y la verdadera Fe, y no tenemos derecho a rebajarla para comprar una paz ficticia, que dista muchísimo de ser la de Cristo, tal como lo ha comprendido la Iglesia durante toda su historia. ¿Podemos “resignarnos” a ver como tantas almas son precipitadas al vacío, sin oponer resistencia?

 

No ha terminado aún el año de la nefasta conmemoración de la Revolución Protestante, y ya se están haciendo sentir sus hediondos frutos, preanunciando otros, mucho más abominables, porque el camino hacia el abismo es mucho más rápido que el que va hacia las Cumbres…

 

Urge, pues, seguir clarificando, denunciando y subrayando la verdadera doctrina, así como se siente también urgido el infierno a redoblar sus argucias para seguir confundiendo a las almas, conforme sabe que le queda menos tiempo.

 

Seguimos compartiendo entonces con nuestros lectores algunas conferencias de los Encuentros de Formación Católica, y seleccionamos esta vez la de Mario Caponnetto correspondiente a este año dedicada precisamente a este tema, creyendo que puede seguir clarificando el panorama a muchos fieles de buena voluntad, pero mareados por la confusión eclesial reinante.  A éstos los instamos a preguntarse: ¿Deberemos pisotear y condenar definitivamente al olvido todo el Magisterio precedente? No nos referimos a meras “entrevistas” ni opiniones de pontífices precedentes, sino por ejemplo, a encíclicas como la que señala esta situación, que hoy quieren hacer pasar como de genuino y “sano” ecumenismo y que en realidad rezuma sincretismo y vulgar apostasía:

 

“..Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión.” (SS Pío XI, Carta Encíclica Mortalium animos, n. 2.).

Señala allí el Sumo Pontífice Pío XI, sin contradecir un ápice la doctrina católica precedente, ni escandalizar a ningún alma fiel, aunque le molestase al espíritu del Mundo:

 

 Pío XI “Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.

 

Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios” (ibid. n. 3).

Y apelando no ya a la fe católica, sino al más elemental sentido común de quien quiera razonar coherentemente, se preguntaba entonces el Papa:

 

“¿Cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la sagrada Tradición es fuente genuina de la divina Revelación; los que consideran de institución divina la jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y servidores del altar, y los que afirman que esa Jerarquía se ha introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada “transubstanciación“, y los que afirman que el Cuerpo de Cristo está allí presente sólo por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio, y los que sostienen que sólo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante invocación de los Santos que reinan con Cristo, sobre todo de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo?”(n. 14)…

Ahora bien, si un sujeto cambiase repentinamente en sus apetitos, preferencias, principios, rechazos, y no se reconociera ya como hijo de sus padres¿no diríamos que éste se ha convertido prácticamente en “otra persona”?

 

Nos preguntamos entonces, ¿si se nos quiere convencer de una doctrina y práctica que contradice a cada paso todo lo que ha sostenido durante 2000 años la Iglesia católica, ¿podemos sostener que ésta puede llevar también el apelativo de “católica”, o que –a menos que se trate de una pesadilla- estamos asistiendo a la perversión más alevosa que ha sufrido jamás la Esposa de Cristo?

 

Por la gravedad de este tema y de tamañas y tan groseras contradicciones, apuntamos aquí algunos párrafos de esta conferencia que instamos vivamente a escuchar íntegra más abajo:

 

“(…) Ya no es posible, en recta conciencia católica, no oponer siquiera alguna resistencia a esta enorme marea de confusión y desconcierto, ni pasar por alto ciertas palabras y gestos no sólo de importantes representantes de la Jerarquía católica y aún de enteras Conferencias Episcopales sino hasta del mismo Santo Padre respecto de esta conmemoración.

 

(…) lo que se ve y oye en estos días resulta sustancialmente distinto de todo lo anterior. En efecto, una cosa es el ecumenismo problemático aún con todas sus evidentes fallas en su implementación y otra muy distinta es la asunción lisa y llana de las premisas fundamentales de la herejía protestante, premisas que ya no sólo no se condenan sino que ahora se las asume como bienes y dones de Dios para la Iglesia.

 

(…) Nos explicamos. En toda esta llevada y traída conmemoración de la Reforma el problema central no es ni la figura de Lutero (al que se quiere poco menos que canonizar), ni los propósitos que lo movieron (a los que, sin ningún fundamento, se los presume nobles y loables), ni las circunstancias históricas que acompañaron el surgimiento del protestantismo (que se tergiversan y exageran de manera escandalosa con desprecio absoluto por la verdad histórica). No, el problema central es lo que significó y significa el protestantismo, en sus múltiples formas y expresiones, como radical subversión de la Fe, como una herida impiadosa inferida al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia y como fuente del inmenso caudal de males que provocó no sólo en el orden estrictamente religioso sino, además, filosófico, cultural y político. Es esta esencia del protestantismo la que, día a día, en gestos, palabras y acciones parece ser asumida por las máximas jerarquías de la Iglesia.

 

(…) En realidad estas dos cosas son una sola y responden al mismo espíritu que está en la base de la rebelión protestante que es el inicio de todas las rebeliones que se han venido sucediendo a través del proceso de la Revolución Anticristiana a partir de la Modernidad. Ese espíritu no es otro que el de la crítica revolucionaria, radicalmente subversiva, que iniciada por Lutero irá irradiando, en sucesivas etapas históricas, todos los errores y horrores de la Modernidad: de la Reforma Protestante a los Filósofos de la Ilustración, de éstos a la Revolución Francesa, de ésta al Comunismo ateo, de éste al Nuevo Orden Mundial el mayor y siniestro intento de implantar la Civitas Homini enemiga irreconciliable del Reino de Cristo.

 

Se trata, en definitiva, de ese espíritu que cristaliza en el hombre nuevo, pero no en el sentido paulino sino en el de todas las utopías revolucionarias que desde hace cinco siglos vienen destruyendo todo cuanto, en esta tierra, lleva el nombre de Cristo y de Su Iglesia.

 

(…) Por todo eso, no podemos callar ni permanecer indiferentes frente a esta aventura ecuménica y con todo respeto elevamos al Santo Padre nuestra súplica filial para que se ponga fin a tanta confusión.

 

Súplica a la que unimos nuestra ferviente oración al Padre sirviéndonos de una de las invocaciones de las Letanías de los Santos: Ut omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare, et infideles universos ad Evangelii lumen perducare digneris. Te rogamus, audi nos.

 

Dígnate Señor devolver a la unidad de la Iglesia a todos los que viven en el error y llevar a todos los infieles a la luz del Evangelio. Escúchanos, Señor.