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EL HOBBIT, EL QUIJOTE Y LA CULTURA CATÓLICA
EL HOBBIT, EL QUIJOTE Y LA CULTURA CATÓLICA
Gracias amor mío
Gracias amor mío
ONU impulsa su ética alternativay contraria al cristianismo
ONU impulsa su ética alternativay contraria al cristianismo
Un Sueño Profético
Un Sueño Profético
Es urgente poner un fin al escándalo de la pobreza en el mundo
Es urgente poner un fin al escándalo de la pobreza en el mundo

“El Sinmarillión“ de J. R. Tolkien fue escrito después de que pusiera fin a la larga y maravillosa historia de los hobbits, los elfos, los magos, los enanos, los orcos y los perversos Saruman y Sauron que nos deslumbrara desde el cine con “El señor de los anillos“ y “El hobbit“ de Jackson.

Como aclara en el prólogo su hijo –responsable de la edición después de su muerte-, no se trata de una obra completa estructurada alrededor de una historia, como sus otras novelas, sino de un gran conjunto de sucintas descripciones; circunstanciales y escuetos relatos fantásticos; cronologías; exhaustivos linajes; guerras y más guerras contadas casi con un laconismo telegráfico; complejas precisiones geográficas con toponimias impronunciables que hasta dificultan su lectura, y todas ellas en papeles sueltos, apuntes, que el gran escritor había producido y jamás reunido en un libro y mucho menos editado y acaso ni siquiera pensado editar.

 

Era como si lo hubiese escrito para sí mismo.

Y quizás tenía razón hasta desde el punto de vista editorial, puesto que, como es lógico imaginar, la lectura de tamaño volumen no es fácil, sino más bien pesada, esforzada, trabajosa, y sólo al final de sus casi 400 páginas, el lector común se ve recompensado con la paulatina aparición de los entrañables personajes y el paisaje de la Tierra Media.

Pero resulta que de pronto esos mismos personajes y todo su entorno toman una dimensión diferente, más abarcadora, más profunda, más comprensiva, luego de haber pasado por “El Sinmarillón“, porque el lector ha adquirido, sin darse cuenta, las claves de la gestación sobrenatural e histórico-cultural de ese mundo, al que Tolkien también le ha desarrollado un idioma. Y esas claves son, como no podría ser de otro modo, religiosas. De modo que las formas y lenguajes de la obra nos llevan casi de inmediato a pensar en el Antiguo Testamento, tanto como las dificultades de su lectura y aprehensión.

Es difícil leer el Antiguo Testamento, pero es absolutamente imposible comprender y mucho menos asumir nuestra cultura sin él.

Y Tolkien supo que no podía darle la carnadura que pretendía para su mundo sin lo que el Padre Fosbery, en su “Cultura Católica“, define como  los “datos de la Revelación“ que se abrieron paso por la oscuridad del mundo en las manos de los Reyes y Profetas del pueblo elegido para culminar en una explosión que iluminaría para siempre la faz de la tierra desde la Cruz de Cristo.

No se trata de un mero recurso para el interés de la trama literaria la elección final del pusilánime y satisfecho hobbit Frodo Bolsón, el insignificante “mediano“ de la bucólica Comarca, para poner sobre sus espaldas la salvación del mundo. Porque tampoco fue casual la elección de los Apóstoles entre pobres, ignorantes, pecadores… y temerosos, de aquellos que cargarían sobre sus espaldas el infinito –y dulce- peso de esa Cruz para sostener la herramienta eficaz de la salvación del mundo: su Iglesia. Pero eran hijos de Moisés, de Abraham, de David; eran de ésa filiación esencial, y sobre ella Cristo encenderá la llama del heroísmo y la santidad. Como desde aquellos troncos de primogénitos benditos de la creación -que describe El Silmarillón-, hijos de la luz y predecesores del sol y la luna, portadores del bien y la belleza, de la música y la armonía, de una valentía sin límites; de ahí viene Frodo, ésas son sus raíces. Y también en la caída de algunos de los casi angélicos “primeros“ estará la semilla del mal que crecerá en Sauron y esparcirá la oscuridad por el mundo; como Lucifer y sus legiones sobre la Tierra. Así se explica Frodo y la saga final de redención. Su martirio devolverá la luz al mundo y arrastrará con su potencia las debilidades y miserias de los que lo rodean: las de Aragorn, el heredero de la dignidad real de la estirpe, para recuperar para los hombres el imperio sobre la Tierra, y las de Sam Zagás, el fidelísimo escudero de Frodo, para que en los momentos de mortal debilidad reconforte al héroe reconfortándose a sí mismo y empujando, con su pequeña fuerza de “mediano“, el estandarte de la esperanza, como si en los momentos supremos y definitivos, la más pequeña fuerza impulsada por el amor pudiese más que los más gigantescos poderes del infierno. [...]

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Carta de un Sacerdote, José Luis Martín Descalzo, presbítero

Carta de un Sacerdote

José Luis Martín Descalzo, presbítero

Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios mío, amor mío. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias.

Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no brille tu misericordia sobre mi.

No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma. Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa:

«Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal?

Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades? Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre.

Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas. Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste, absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo.

Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura.

La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría. A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo.

Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní.

Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo.

Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. Presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas.

Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades. Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue.

¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor! Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido.

LA ONU SIGUE IMPULSANDO SU ÉTICA ALTERNATIVA Y CONTRARIA AL CRISTIANISMO

Los objetivos o metas como el ecologismo, el pacifismo, el feminismo, las políticas de salud sexual reproductiva (aborto, homosexualismo, esterilización, la pérdida de soberanía de las naciones, entre otros, son los nuevos dogmas que promueve la ONU. Y con la promoción activa de este organismo, el proceso de implantación de la Carta de la Tierra -síntesis de todas estas ideologías- continúa imparable por los cinco continentes.

Los últimos días del mes de abril DE 2010 han sido de gran éxito para la promoción de la Carta de la Tierra en Hispanoamérica.

El lanzamiento del año Carta de la Tierra+10 (CT+10), fue el 22 de abril de 2010. El acto central tubo a la cabeza al presidente Felipe Calderón Hinojosa, y otros dos miembros de su gobierno: Juan R. Elvira Quesada, Secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales y Alonso Lujambio, Secretario de Educación Pública, que con su presencia impulsaron dicho evento. Steven Rockefeller, presidente del consejo de la Carta de la Tierra Internacional recibió las llaves de la ciudad mexicana de Guanajuato con motivo de la celebración del Día Internacional de la Madre Tierra, que tuvo lugar durante los días 23 y 24 de abril en la referida villa.

No solo eso. El ayuntamiento, el congreso del Estado y la Universidad de Guanajuato firmaron la Carta de la Tierra y se comprometieron a asumir un compromiso más serio.

También están previstos actos en San Pablo (Brasil), Bielorrusia, Ecuador, India, Kyrgystan, Tatarstan (Rusia), República Checa, Venezuela, Costa Rica. En este último país su presidente Oscar Arias promueve internacionalmente la Carta de la Tierra a través de la Fundación Arias para la Paz.

La Carta de la Tierra, para Mikhail Gorbachev, uno de sus inspiradores, es "el manifiesto de una nueva ética para el nuevo mundo", un verdadero "Decálogo de la Nueva Era", base para un código de conducta universal que deberá regir al mundo desde el año 2000. "Estos nuevos conceptos -dijo el ex premier soviético y antiguo jefe de la KGB-, se deberán aplicar a todo el sistema de ideas, a la moral y a la ética, y constituirán un nuevo modo de vida. El mecanismo que usaremos, será el reemplazo de los Diez Mandamientos, por los principios contenidos en esta Carta o Constitución de la Tierra". (Vid. por ejemplo, NG 944, entre otros).

En Guanajuato, Steven Rockefeller, además de agradecer el compromiso de las referidas instituciones con el medio ambiente, expresó su convicción de que, de este modo, México entra de lleno en la revolución ecológica que plantea la Carta de la Tierra. La pregunta es: ¿de qué revolución habla Rockefeller?

Filosofía Nueva Era

La Iniciativa Carta de la Tierra ha lanzado el programa “Religión y Sustentabilidad”, para sistematizar -dentro de lo que cabe en su intrínseco caos New Age- los principios básicos de la nueva religión universal o, por decirlo de otra manera, para facilitar la imposición de los mandatos a los que todas las confesiones religiosas han de someterse aboliendo los preceptos inmutables y las verdades permanentes -como por ejemplo, el orden natural- y olvidándose de cualquier deseo o intención proselitista, (NG 337, 338, 341). Se trata de nuevos dogmas dictados por los organismos e instituciones internacionales, (NG 772).

Por eso la Carta de la Tierra, “como dice el arzobispo Javier Lozano, se trata de ‘una nueva religión secular, una religión sin Dios, o, si lo prefiere, de un nuevo Dios que es la misma Tierra, con el nombre de Gaia’. En apoyo de esta interpretación, cito las siguientes palabras de Gorbachev y de Maurice Strong: ‘mi esperanza es que esta Carta se convierta en un nuevo Decálogo, en una especie de Sermón de la Montaña que proporcione una guía para el comportamiento de los seres humanos con relación al medio ambiente en el próximo siglo’, (M. Gorbachev, Los Angeles Times, 8 de mayo de 1997); ‘el Cosmos es mi Dios, la Naturaleza es mi Dios’, (Gorbachev, en el Show PBS Charlie Rose, 23 de octubre de 1996); ‘la verdadera meta de la Carta de la Tierra es convertirse de hecho en algo como los Diez Mandamientos’ (M. Strong). Se comprende, entonces, que el Arzobispo Lozano estime que ‘la finalidad de este programa es sustituir los valores cristianos con una 'ética global’", (cfr. Morris Polanco, La Hora, Guatemala, 14-01-05, La Carta de la Tierra V)

Hace pocos días Leonardo Boff, uno de los más activos “profetas” de la Carta decía: “Si no aprendemos a sentir a la Tierra como Gaia, si no la amamos como amamos a nuestra madre y no cuidamos de ella como cuidamos de nuestros hijos e hijas, difícilmente la salvaremos”. (cfr. L. Boff, Rescatar el corazón, 03-08-07).

El por entonces cardenal Joseph Ratzinger, en un artículo que publicó en el año 2004 en el periódico italiano Avvenire sobre la filosofía inherente a estas conferencias internacionales, afirmó que "no espera ya que los hombres, habituados a la riqueza y al bienestar, estén dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para alcanzar un bienestar general, sino que proponen estrategias para reducir el número de los comensales en la mesa de la Humanidad, para que no se vea afectada la pretendida felicidad que éstos han alcanzado".

En un año, el Papa Juan Pablo II emitió dos documentos importantes, una Carta Apostólica sobre el Santo Rosario, y una carta Encíclica sobre la Eucaristía. Esto nos recuerda el famoso sueño que San Juan Bosco (1815-1888) tuvo sobre un Papa que llevará a la Iglesia a las dos columnas de salvación: la Eucaristía y la Virgen Maria.

La mayoría de las profecías asociadas con Don Bosco le venían a él durante los sueños, pero así como en el Evangelio de Mateo dónde se describe el proceso de José que es instruido por los ángeles durante los sueños está claro que las experiencias que tuvo Don Bosco estaban más allá de la clase de sueños que la mayoría de nosotros tiene cuando dormimos. La mayoría de sus sueños trataban sobre la dirección que él y su orden, los Salesianos, debían tomar en el futuro, y en particular con los muchachos que vivieron en su oratorio en Turín.

 

En un año, el Papa Juan Pablo II emitió dos documentos importantes, una Carta Apostólica sobre el Santo Rosario, y una carta Encíclica sobre la Eucaristía. Esto nos recuerda el famoso sueño que San Juan Bosco (1815-1888) tuvo sobre un Papa que llevará a la Iglesia a las dos columnas de salvación: la Eucaristía y la Virgen Maria.

La mayoría de las profecías asociadas con Don Bosco le venían a él durante los sueños, pero así como en el Evangelio de Mateo dónde se describe el proceso de José que es instruido por los ángeles durante los sueños está claro que las experiencias que tuvo Don Bosco estaban más allá de la clase de sueños que la mayoría de nosotros tiene cuando dormimos. La mayoría de sus sueños trataban sobre la dirección que él y su orden, los Salesianos, debían tomar en el futuro, y en particular con los muchachos que vivieron en su oratorio en Turín.

 

El 30 de mayo de 1862, dijo Don Bosco a todo el alumnado reunido: "Les voy a contar un sueño que tuve. A mis discípulos les tengo tanta confianza que les contaría hasta mis pecados, si no fuera porque al contárselos saldrían todos yendo asustados y se caería el techo de la casa. Pero que les voy a contar esta noche es para su bien espiritual".

Traten de colocarse imaginariamente con migo en lo alto de una montaña cerca del mar, desde la cuál no se divisa más piso firme que el que tenemos bajo los pies. Y síganme en mi sueño; Desde esa inmensa superficie líquida se veía una multitud incontable de barcos dispuestos en orden de batalla, y cada barco tenía en su extremo una enorme y afilada punta de hierro dispuesta a destrozar todo lo que se atravesara por delante. Los barcos estaban armados de cañones y llenos de fusiles y de diferentes armas y con muchísimas bombas incendiarias, y también con libros dañosos.

Y todos aquellos barcos se dirigían contra un barco mucho más alto tratando de destruirlo con sus puntas de hierro, o de incendiarlo o de hacerle el mayor daño posible.

A este majestuoso barco que estaba provisto de todo lo que necesitaba, le hacían escolta numerosos barcos pequeños, que recibían órdenes de él, realizando las maniobras necesarias para defenderse de la flota enemiga. El viento soplaba en dirección contraria a la dirección que llevaba el gran barco, y las olas encrespadas del mar favorecían a los enemigos.

Y en plena batalla vi salir de en medio de la inmensidad del mar dos grandes columnas, que se elevaron hasta enormes alturas. Sobre la una había una estatua de María Inmaculada y debajo un gran letrero que decía:"María Auxiliadora de los Cristianos". Sobre la otra había una Santa Hostia muy grande, y debajo un enorme letrero con esta inscripción: "Salvación para los que creen".

El Comandante Supremo de la nave mayor, que era el Sumo Pontífice, al darse cuenta del furor con el que atacaban los enemigos y la situación tan complicada en la que se encontraban sus leales servidores, dispuso convocar a una reunión a todos los pilotos de las naves menores. Todos los pilotos subieron a la nave capitana y se reunieron alrededor del Papa. Pero al comprobar que el huracán se volvía cada vez más violento y que la tempestad era cada día más peligrosa, fueron enviados otra vez los capitanes, cada uno a dirigir su barco.

Se restableció por un poco de tiempo otra vez la calma y el Papa volvió a reunir junto a él a los demás capitanes, pero la tempestad se volvió enormemente espantosa.

Entonces el Papa tomó personalmente el timón de la nave capitana y se esforzó con todas sus energías en dirigir la nave hasta colocarla en medio de las dos columnas, de las cuales colgaban áncoras, y defensas para fortalecerse y salvavidas.

Y todos los barcos enemigos se lanzaron a atacar el barco donde iba el Papa, y trataban de hundirlo o destrozarlo. Unos lo atacaban con libros malos, otros; con escritos malvados en los periódicos, muchos disparaban sus cañones y trataban de atacarle con los extremos afilados de hierro que tenían sus barcos, los cuales chocaban violentísimamente contra la gigantesca nave capitana sin lograr hundirla ni detenerla en su marcha.

De vez en cuando los barcos enemigos lograban hacerle inmensas hendiduras por los lados al barco del Pontífice, pero enseguida soplaba una suave brisa desde las dos columnas y milagrosamente cerraba esas hendiduras.

Otro dato curioso: Muchas naves enemigas al tratar de disparar contra la nave capitana, explotaban y se hundían en el mar, y muchos fusiles también al ir a disparar contra la Iglesia, estallaban. Entonces los enemigos se propusieron atacar con armas cortas: insultos, golpes, maldiciones, calumnias y así siguió el combate.

De pronto el Papa cayó gravemente herido. Los que lo acompañaban corrieron a socorrerlo. Se repuso, pero fue herido por segunda vez, cayó y murió. Un grito de victoria resonó en todas las naves enemigas y el gozo de los contrarios era inmenso. Pero los demás pilotos se reunieron y eligieron un nuevo Pontífice, el cual tomó fuertemente entre sus manos el timón de la nave capitana. Los enemigos comenzaron a desanimarse.

El nuevo Pontífice, manejando muy bien la nave la llevó hasta colocarla en medio de las dos columnas y con una cadena amarró la parte delantera del barco (o proa) a la columna dónde estaba la Santa Hostia y con otra cadena ató el otro extremo (la popa) a la columna donde estaba la estatua de María Santísima Auxiliadora.

Entonces se produjo una gran confusión. Todos los barcos que habían luchado contra la nave capitaneada por el Papa, se dieron a la fuga, se dispersaron, chocaron entre sí y se destruyeron mutuamente. Unos al hundirse hundieron a otros más.

Los barcos que habían permanecido fieles al Papa se acercaron a las Dos Columnas y se amarraron fuertemente a ellas.

Otras naves que por miedo al combate se habían retirado y se encontraban distantes observando prudentemente los acontecimientos, al ver que desaparecían en el abismo las naves enemigas, navegaron entonces también hacia las Dos Columnas y allí permanecieron tranquilas y serenas en compañía de la nave capitana dirigida por el Papa. En el mar reinaba una calma absoluta... Don Bosco agregó: "Muy graves pruebas le esperan a la Iglesia. Lo qué nosotros hemos sufrido hasta ahora es casi nada comparado con lo que va a pasar. Los enemigos de la Iglesia sonnsimbolizados por las naves que se esfuerzan a lo máximo para hundir al buque insignia. Sólo dosncosas pueden salvarnos en tal grave hora: la devoción a María Santísima y la Comunión frecuente. Hagamos todo lo posible para practicar nosotros estos dos remedios y para obtener que otros los practiquen también siempre y en todo momento."

La reforma más urgente: corregir el sistema financiero

Todos los días en nuestro planeta tierra, un estimado de 40,000 niños se mueren de hambre o de enfermedades que no han sido curadas debido a la falta de dinero.

 

Nadie puede permanecer indiferente al problema de pobreza y hambre en el mundo. Los medios de comunicación nos informan sobre la pobreza y hambre en países llamados "Tercer Mundistas" (por ejemplo, en la balanza mundial, sobre un billion, setecientos millones de personas tienen que escarvar en la basura para encontrar algo que comer y mantenerse con vida), pero nosotros no necesitamos ir a ver la pobreza en otros paices: este problema existe en nuestro propio "traspatio", en nuestras propias sociedades desarrolladas.

Para corregir el sistema financiero

La Iglesia no puede permanecer indiferente a las situaciones como el hambre en el mundo y endeudamiento, que ponen en riesgo la salvación de almas, y es por esto que ella hace un llamado a una reforma de los sistemas financieros y económicos, para que estos se pongan al servicio de las personas. Los pedidos del Papa Juan Pablo II en referencia a estos temas son innumerables. Ya, en su primera carta encíclica (Redemptor Hominis, del 4 de marzo de 1979), el Santo Padre hablo de " las indispensables transformaciones de las estructuras de la vida económica... La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios... El hombre no puede hacerse esclavo de los sistemas económicos... ".

Y por ahora, nosotros agregaremos sólo esta otra cita del Papa:
"De nuevo, yo quiero insistir en un problema muy delicado y doloroso. Me refiero al tormento de los representantes de varios países, que ya no saben como enfrentar el problema temeroso de la deuda. Una reforma estructural del sistema financiero mundial es, sin la menor duda, uno de las iniciativas que parece la más urgente y necesaria." (Mensaje a la 6ta. conferencia de las Naciones Unidas en Comercio y Desarrollo, Ginebra, Sept. 26, 1985.)

La Iglesia católica romana por consiguiente presenta los principios morales en que cualquier sistema financiero o económico debe juzgarse. Y para que estos principios puedan aplicarse de una manera práctica, la Iglesia llama a los fieles laicos cuyo papel apropiado - según el Segundo Concilio Vaticano -, es precisamente el de renovar el orden temporal y mantenerlo de acuerdo con el plan de Dios - el trabajar por soluciones concretas y por el establecimiento de un sistema económico que conforme con las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia.

No al Comunismo

La doctrina social de la Iglesia está sobre los sistemas económicos existentes puesto que se limita a nivel de principios. Un sistema económico es bueno o no dependiendo de si aplica estos principios de justicia enseñados por la Iglesia. Por ejemplo, el Papa Juan Pablo II escribio en su carta encíclica el Sollicitudo Rei Socialis, en 1987,: " la tensión entre Oriente y Occidente no refleja de por sí una oposición entre dos diversos grados de desarrollo, sino más bien entre dos concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de los pueblos, de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical... Esta es una de las razones por las que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista”.

Uno puede entender por qué la Iglesia condena el Comunismo, o el Colectivismo Marxista que, como el Papa Pius XI escribio, es "intrínsecamente maligno" y anti-Cristiano, ya que su meta declarada es la destrucción completa de la propiedad privada, de la familia y de la religión. ¿Pero por qué la Iglesia condenaría al capitalismo? ¿Sera que Capitalismo y Comunismo son tal para cual?

Sí a un capitalismo que ha sido sanado

No, lo que la Iglesia condena no es el capitalismo en sí mismo (la propiedad privada, la empresa libre). al contrario, lejos de desear la desaparición de la propiedad privada, la Iglesia más bien desea su difusión más extendida a todos, para que todos puedan volverse dueños reales de un capital, y ser realmente "capitalistas":

“La dignidad de la persona humana exige normalmente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la obligación fundamental de otorgar a todos, en cuanto posible sea, una propiedad privada … y, por otra parte, entre las exigencias que se derivan de la nobleza moral del trabajo, también se halla comprendida la conservación y el perfeccionamiento de un orden social que haga posible una segura, aunque modesta, propiedad privada a todas las clases delpueblo... . Por consiguiente, es necesario modificar la vida económica y social para que de esta manera se facilite la difusion mas amplia de la propiedad privada de bienes de consumo duraderos, de casas, de jardines,de herramientas para empresas de artesanos y de granjas tipo-familia, inversiones en empresas de mediano o gran capital" tal como se esta aplicando ya en algunas comunidades economicamente avanzadas (John XXIII, carta del enyclical el et de Mater Magistra, el 15 de mayo de 1961, el nn. 114-115.)

Capitalismo se ha viciado por el sistema financiero

Las faltas que la Iglesia encuentra en el sistema capitalista no provienen de su naturaleza (propiedad privada, empresa libre), pero del sistema financiero que usa, un sistema financiero que domina en lugar de servir, un sistema que vicia al capitalismo. El Papa Pius XI escribio en Quadragesimo Anno: "Capitalismo no puede condenarse por sí mismo. Y, en realidad, no es por su naturaleza vicioso, pero le han viciado."

Lo que la Iglesia condena no es el capitalismo como un sistema productor, pero, según las palabras del Papa Paul VI, "el sistema calamitoso que lo acompaña", el sistema financiero,:

Este liberalismo sin freno conducía a la dictadura, denunciada justamente por Pío XI como generadora del imperialismo internacional del dinero. Nunca se condenarán bastante semejantes abusos, recordando una vez más solemnemente que la economía se halla al servicio del hombre. Mas si es verdad que cierto capitalismo ha sido la fuente de tantos sufrimientos, de tantas injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos aún perduran, injusto sería el atribuir a la industrialización misma males que son más bien debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien ha de reconocerse, por razón de justicia, que tanto la organización del trabajo como la misma industrialización han contribuido en forma insustituible a la obra toda del desarrollo.” (Paulo VI, encyclical letter Populorum Progressio en el desarrollo de los pueblos, March 26, 1967, n. 26.)

El defecto de nuestro sistema: el dinero que se crea por los bancos como una deuda

El sistema financiero no logra su papel, porque se ha desviado de su fin. El dinero debe ser un instrumento de servicio, pero los banqueros, apropiandose del control sobre su creación, le han hecho un instrumento de dominación:
" Su poderío llega a hacerse despótico como ningún otro, cuando, dueños absolutos del dinero, gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. (Pius XI, Quadragesimo Anno.)
No existe manera posible que ningun país puede salir de la deuda en el sistema presente, ya que que todo el dinero es creado en forma de deuda: todo el dinero que existe, solo entra en la circulación cuando es prestado por los bancos, con interéses. Y cuando el préstamo es pagado al banco (este dinero que se ha retirado de la circulación), deja de existir. En otros términos, nuevo dinero es creado cada vez que el banco realiza un préstamo, y este mismo dinero se destruye cada vez que los prestamos son devueltos.

La falla fundamental en este sistema es que cuando los bancos crean el nuevo dinero en forma de préstamos, ellos piden a los prestatarios que paguen más dinero del que se creó. (Los bancos crean al principal, pero no el interés.) Ya que es imposible el pagar dinero que no existe, las deudas deben amontonares, o usted también debera pedir prestado la cantidadnecesaria para pagar el interés, situacion que no resuelve su problema, sólo lo empeora, ya que usted terminara con una deuda aun mayor.
Esta creación de dinero como una deuda por los banqueros es el medio por el cual los banqueros imponen sus voluntades en los individuos, y controlan el mundo:

" entre las acciones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las « estructuras » que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. ". (John Paul II, el Sollicitudo Rei Socialis, n. 37.)