"Debo tomarme un poco de silencio para mi alma: me separo de vosotros para unirme a mí Dios". Juan Pablo I, al clero romano, 7 septiembre 1978.

La figura de Samuel:

Samuel es el hijo de Ana y Elcaná

La oración de la mujer estéril ha sido escuchada en el cielo y la madre cumple la promesa: nacido en Roma, ciudad en las montañas de Efraín, Samuel es consagrado a Yahvé para el servicio del santuario de Siló, que es el más importante de los templos porque en él se encuentra el arca de la alianza, lo que significa la presencia especial de Dios.

Samuel llevará cabellos largos que simbolizan su total dedicación al Señor. Será profeta y juez, vencedor de filisteos, ungirá Rey a Saúl y más tarde a David. Estamos viviendo jornadas próximas al año 1000 a.C.

Helí, el sumo sacerdote, y Samuel dormirán en las habitaciones próximas al lugar donde se encontraba el arca.

En el santuario arde una lámpara toda la noche. Estaba prescrito en el éxodo: "mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de oliva molida para el alumbrado, para alimentar continuamente la llama. Aarón y sus hijos lo tendrán dispuesto delante de Yahvé, desde la tarde hasta la mañana, en la tienda de reunión" Éxodo 27, 20-21.

Y de madrugada, cuando aún no estaba apagada la lámpara de Dios llamó el Señor a Samuel. El joven se levanta y acude corriendo a Helí, pensando que es él quien le grita: "aquí estoy, porque me has llamado" 1 Samuel 3, 4. Tres veces es nombrado y tres veces se levanta dando un salto. Por indicación del Sumo Sacerdote, cuando perciba la voz, habrá de contestar: Habla, que tu siervo escucha.

Y cuando de nuevo interviene el cielo con locuciones divinas, Samuel responde como se le ha indicado: Habla que tu siervo escucha.

Estos son los textos de las Sagradas Escrituras, que les traigo a su consideración. Todo esto no es más que una preparación para qué nos examinemos sobre las palabras que el Libro Sagrado nos refiere de ese hombre joven, profeta fiel a las indicaciones de Dios: "Samuel crecía, Yahvéh estaba con él, y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras.  1 Samuel 3, 19.

¿Sabemos perder el tiempo con Dios?

¿Qué les parece más importante – pregunta San Agustín, la palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo?  La palabra de Cristo no es menos estimable que su Cuerpo. Cuida mucho de que no caiga la palabra en el suelo, recógela en tu corazón.  No es menos culpable el que escucha negligentemente la palabra Santa que quien, por su culpa, deja caer el Cuerpo del Señor por tierra.

La vida del cristiano es cooperación con la gracia de Dios. El hombre no lucha solo, tiene toda la ayuda del cielo, la mano del Señor se hace presente en las batallas que ha de combatir contra muchas carnes y demonio, que fuera y dentro de su alma le hacen la guerra. La participación del hombre es absolutamente necesaria.  Si nosotros no recurrimos el camino, con ardores que suponen esfuerzo, no alcanzaremos el premio que el Señor nos tiene reservado para el final. Es necesaria  de todo punto la contribución humana.

Pero en este momento yo quiero hacer hincapié en la otra cosa: la acción de Dios en nosotros.

En este momento de oración, yo quisiera poner ahora el acento en nuestra actitud de escucha a lo que el Señor nos va diciendo al oído del alma.

El crecimiento interior de un cristiano no es tanto fruto de su sudor sino de gracia.  Párate a escuchar a Dios, a ese Dios:

que es amigo de  los hombres

que acampa en nuestra tierra

que acompaña a los peregrinos

que participa en nuestros gozos y dolores 

que nos manifiesta los misterios escondidos en su corazón

que nos trae su vida, su fuego y su amor.

¿Cual puede ser ahora nuestra actitud ante estas visitas de Dios?  Lo primero que se me ocurre  decirles es:

 - No tengamos  prisa.

Sentémonos a los pies de Jesús, en el Santísimo Sacramento, dejemos  que entre el amor en nuestras almas. Ha llegado el momento de escucharle. Apartemos  de nuestra alma egoísmos, ruidos y bullas y decidamos perder el tiempo con Dios.

No estorbemos la acción divina

Mientras Juan el Bautista se deshace en humildades llenas de verdad, poniendo engorros al bautismo de Jesús, a quien ha reconocido  como el Mesías, el Señor le dirá con firmeza: " Déjame ahora" Mt 3,15.

Déjame  actuar ahora

Este es mi momento

No importa que Yo no tenga pecado

Yo quiero someterme a tu bautismo: es esta una etapa exigida por Dios

Déjame actuar ahora, nos puede ir repitiendo el Señor a la hora de la oración

Déjame actuar no estorbes

Déjame actuar, olvida tus egoísmos por unos instantes

Déjate llevar de mi Gracia

Presta oídos a lo que te digo

Y Dios habla con sus mociones, inspiraciones, reconvenciones, con los propósitos, con los deseos santos, con los impulsos de gracia, que van surgiendo en la charla amigable con Jesús.

Las relaciones del alma y Dios son lo más opuesto a una masificación absurda, que hoy está muy  en boga. 

Da la impresión de que el hombre tiene miedo a ponerse frente a Dios, cara a cara.  Nos refugiamos en el "nosotros", cuando hay que decir con valentía a Jesús: Yo. Porque "Yo" soy el que me salvo con la gracia de Dios, "yo" soy el que me condeno, "yo" soy el responsable de mis actos, sin que pueda echar sobre la comunidad de los hombres los sacos con mis pecados. "Yo" soy quien debe tratar de aliviar el peso de los fardos de los demás.

Déjame actuar ahora, dice Jesús a Juan el bautista, y te lo repite a Tí con firmeza.

Dejar actuar al Señor y perder el tiempo con Dios.

Esto es lo que le pediste a Marta, que andaba alocadamente, corriendo de la cocina al comedor, donde Tú estabas hablando a un grupo de discípulos. Quiero escucharte, Jesús, como  María, la hermana pequeña de Lázaro.

Quiero aprovechar todas las palabras que salen de tu boca para que no se me caigan por tierra; quiero comportarme como el Joven Samuel. Quiero imitar a Santa María - ¡Madre de Dios!, ¡Madre de los Hombres! – que conservaba cuidadosamente todas Tus cosas en su corazón. Lc 2,51.

¿Rutina ante la Cruz?

Si recurrimos ahora mentalmente el Santo Evangelio, encontraremos tal vez algunas escenas presididas por personajes rutinarios.  Les invito seguidamente a quedarnos con el pasaje del Gólgota, donde hay sangre y ruido de dados, voces de la soldadesca y murmullo divino:  ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen! Lc 23,34 

Tradicionalmente los despojos del ajusticiado correspondían a sus verdugos. Por eso, de las ropas de Cristo se han hecho cuatro partes: cada una para un soldado. Pero la túnica, el traje que usaba el Divino Jesús, era sin costura y no quisieron desgarrarla.

¡Es tremendo el contraste! 

Mientras Cristo está muriendo despojado en la Cruz, cuatro soldados se juegan su túnica a los dados.

¡Esto si es acostumbrarse  y vivir con rutina  el dolor de los demás!

Somos como bestias. Nos hemos acostumbrado al hambre, a la sed, a la fatiga y a la Sangre de Cristo. Y tal vez, o sin tal vez, la peor de las rutinas es acostumbrarse a las cosas Santas.

La rutina en las practicas de piedad, que suele ser el comienzo de la tibieza, termina en la insensibilidad para las cosas de Dios. Así se explica que muchos, por desgracia, se hayan acostumbrado a asistir y celebrar la Santa Misa. 

"No descubro nada nuevo si digo que algunos cristianos tienen una visión muy pobre de la Santa Misa, que para otros es un mero rito exterior, cuando no un convencionalismo social.  Y lo que nuestros corazones, mezquinos son capases de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres." 

Tenemos que luchar contra la rutina en las cosas Santas. "Huyamos de la rutina como del mismo demonio"  

El gran medio para no caer en ese abismo, sepulcro de la verdadera piedad es la continua presencia de Dios. Dejar actuar al Señor y perder el tiempo con Dios.

Que no nos acostumbramos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor  baje cada dia a las manos del sacerdote, Jesús nos quiere despiertos.

¡NO COMO BORREGOS!

Lo más parecido al aborregamiento  es el anonimato: el marchar a la majada como borreguitos, con la cola larga, maciza, llena de sebo, con la lana más o menos sucia, el hocico sucio, ancho, las orejas caídas, sin mirar al cielo, viendo solo el rabo del que marcha adelante, la cola de los que nos acompañan.

Un católico, no olvidemos, es un pobre hombre, pero que sabe tratar de tú a Dios. En una manada de borregos, no encontrarán verdaderos católicos.

No podemos escondernos en el anonimato; la vida interior si no es un encuentro personal con Dios, no existirá!. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta misionera, equivale a firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque me has llamado.