"A ti, Señor, me acojo; que jamás quede yo defraudado." Sal 30:2
Los siguientes son extractos del Capítulo 2 del libro titulado "Los 12 Pasos hacia la Santidad y la Salvación", de los Obras de San Alfonso María de Ligorio, que fueron adaptadas del alemán del Rev. P. Paul Leick por el Rev. P. Cornelius J. Warren, C.SS.R. El libro puede obtenerse de Tan Book and Publishers, Inc., P.O. Box 424, Rockford, IL 61105 U.S.A.
La esperanza es una virtud sobrenatural por la que confiadamente esperamos, en virtud de la promesa de Dios, la felicidad eterna del Cielo y los medios necesarios para alcanzarla. Para convencerse del valor inestimable de esta virtud, y para tener un incentivo constante en su práctica, sería provechoso considerar los objetos de nuestra esperanza, sus motivos, sus cualidades y sus defectos.
La posesión de Dios en el Cielo
El primero y más importante objeto de nuestra esperanza, el objeto por excelencia, es la posesión de Dios en el Cielo. No debemos suponer que la esperanza de poseer a Dios en el Cielo interfiere en forma alguna con la virtud de la caridad. No se oponen; de hecho, la esperanza en la felicidad eterna está inseparablemente unida a la caridad, pues sólo en el Cielo será encontrada la plenitud y la perfección del amor.
De acuerdo a Santo Tomás de Aquino, con la idea de la amistad se encuentra íntimamente unida la de compartir mutuamente los bienes, porque la amistad no es más que una atracción mutua y de ello se sigue que los amigos deben hacerse tanto bien como esté en su poder. Sin compartir mutuamente sus bienes, dice el Doctor Angélico, no puede haber amistad genuina. Nuestro Señor llamó a Sus discípulos sus amigos porque Él les comunicó sus misterios: "Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su señor; yo os he llamado amigos porque os he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre" (San Juan 15:15).
De acuerdo a las enseñanzas de Santo Tomás, la caridad no excluye a la esperanza de la recompensa que Dios nos ha preparado en el Cielo; esa misma recompensa es el objeto principal de nuestro amor, pues no es sino Él, Dios mismo, cuya visión es la felicidad eterna de los elegidos. "La amistad", dice el Doctor Angélico, "requiere que el amigo esté en posesión de su amigo". Es aquella comunicación mutua o entrega de la que la esposa en el Cantar de los Cantares habla cuando dice: "Mi amado es mío y yo soy suya" (Cantar de los Cantares 2:16). En el Cielo el alma se rinde por completo a Dios y Dios se da completamente al alma, tanto como lo permitan su capacidad y sus méritos.
En tanto, por ello, mientras nuestra alma no esté perfectamente unida a Dios en el Cielo, nunca disfrutará de verdadera paz. Aquellos que aman a Nuestro Señor sinceramente encuentran la paz de corazón, es cierto, en conformidad con la voluntad de Dios; pero la paz perfecta y el descanso perfecto nunca los tendrán aquí abajo. Esto sólo lo adquiriremos con la obtención de nuestro fin último, la visión de Dios cara a cara y Su amor inefable. En tanto el alma permanezca separada de su fin último continuará suspirando con el profeta:!Observad que en la paz mi amargura es más amarga¡ (Is. 38: 17).
¡El bien que espero", dice San Francisco de Asís, "es tan grande que todo sufrimiento se convierte para mí en placer." Todas estas expresiones de anhelo ardiente son muchos actos de amor perfecto. Santo Tomás enseña que el grado más alto de amor que un alma puede obtener en la tierra es un ardiente deseo del Cielo, estar allí en unión con Dios y poseerlo para siempre. El sufrimiento más grande que las almas del purgatorio soportan procede de este anhelo de poseer a Dios, y este dolor es sentido especialmente por aquellos que durante su vida tuvieron sólo un vago deseo del Cielo. San Roberto Belarmino piensa que en el purgatorio hay un lugar en el que las almas no sienten ningún dolor sensorial, sino que son torturadas sólo con la pérdida de la presencia de Dios.
Hay tres cosas necesarias para obtener la vida eterna: el perdón de nuestros pecados, la victoria sobre las tentaciones, y la corona de todas las gracias, una muerte santa. Estas tres cosas están en concordancia con los objetos de nuestra esperanza. .
El perdón de nuestros pecados
¡Habéis pecado, oh, cristiano," dice San Juan Crisóstomo, "¿pero deseáis el perdón? No temáis, pues el deseo de Dios de otorgarlo es más grande que tu deseo de recibirlo." Si Dios ve un infortunado desgraciado en pecado, Él espera a una oportunidad favorable para mostrarle misericordia. A veces Él le revela el castigo que ha merecido, para apurarlo a que se examine a sí mismo. "Habéis dado una señal a vuestros leales para que puedan escapar delante del arquero" (Salmo 59:6). A veces golpea la puerta del corazón del pecador, esperando que Él pueda abrirla: "Yo estoy a la puerta y llamo" (Apoc. 3:20). Algunas veces Él va tras el pecador y lo llama como un padre compasivo: ¿Por qué quereís perderte? "(¿Por qué queréis morir, casa de Israel?" (Ezequiel, 18:31).
Es una verdad indudable que tendremos una estricta cuenta qué pagar por todos los pecados que hemos cometido, pero ¿quién será nuestro juez? San Juan nos dice: "El Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo toda potestad de juzgar" (San Juan 5:22). Es a nuestro Redentor, entonces, que el juicio ha sido confiado, y San Pablo nos anima con las palabras: "¿Quién será el que condene? Cristo Jesús, el que murió, mejor dicho, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y el que intercede por nosotros." (Rom. 8:34). Seremos juzgados por un afectuoso Redentor quien, para salvarnos de la muerte eterna, se entregó Él mismo a la muerte, y no satisfecho con eso, actúa ahora como nuestro abogado con el Padre en el Cielo.
San Juan Crisóstomo dice que cada herida de Jesucristo es una boca que elocuentemente suplica a Dios por el perdón de nuestros pecados. En las revelaciones de Santa María Magdalena de Pazzi leemos que un día Dios le habló con las siguientes palabras: "A través de la venganza que llevé a cabo sobre el cuerpo de Mi Hijo, Mi justicia ha sido cambiada por clemencia. Su sangre no clama venganza, como la sangre de Abel; pide misericordia, y Mi justicia no puede resistir su súplica. La sangre de Jesús ata las manos de la justicia para que no puedan ser levantadas, como una vez lo fueron, para castigar."
Victoria sobre la tentación
Además del perdón de nuestros pecados, debemos confiadamente esperar la victoria sobre nuestras tentaciones. Para poder perseverar en hacer el bien, nuestra confianza no debe descansar en nuestras buenas resoluciones. Cuando construimos sobre la base de nuestras propias fuerzas nuestro edificio con seguridad caerá. Para mantenernos en la gracia de Dios es necesario, por tanto, poner nuestra esperanza en los méritos de Jesucristo. Con Su ayuda perseveraremos hasta la muerte, aunque seamos asaltados por todos los poderes de la tierra y el infierno.
Puede haber ocasiones en que las tentaciones sean tan violentas que el pecado parece inevitable. Debemos ser nuestro propio guardia en tales momentos para no perder el coraje y rendirse en la lucha. Nuestro único recurso es acudir presurosos hacia Jesús Crucificado. Él, y sólo Él puede sostenernos. El Señor permite que de vez en cuando incluso los santos deban soportar tales tormentas. San Pablo dice de sí mismo: "Fue tan dura la prueba y tan por encima de nuestras fuerzas, que perdimos toda esperanza de seguir viviendo." (2 Corintios. 1:8).
Aunque, como hemos visto, el poder de evitar el pecado no proviene de nosotros mismos sino de la gracia de Dios, debemos al mismo tiempo ser cuidadosos para no hacernos más débiles de lo que ya somos. Hay ciertas faltas que podríamos considerar como si no contaran, y sin embargo pueden ser la razón por la cual Dios retira Su luz sobrenatural, y entonces el poder del demonio se incrementa.
Tales faltas son: el deseo de ser visto como erudito y distinguido por el mundo; la vanidad en el vestido; la búsqueda de comodidades y lujos superfluos; el hábito de mostrarse ofendido por cualquier palabra descortés o deseo de atención; el deseo desordenado de agradar a los demás; la omisión de los ejercicios de piedad por respeto humano; la desobediencia en cosas pequeñas; aversiones que son fomentadas en el corazón; pequeñas mentiras y bromas a costa de la caridad; pérdida de tiempo en conversaciones inútiles o ansia de novedades; en una palabra, todo apego a las cosas terrenales, y toda gratificación por amor propio puede dar al enemigo una oportunidad de alcanzar nuestra destrucción. En todo evento, las faltas de este tipo cometidas con deliberación nos privan de esa asistencia de Nuestro Señor que nos protegería de caer en el pecado.
Una buena muerte
Esperamos, finalmente, la gracia de una buena muerte. La hora de la muerte es para nosotros el momento de la mayor ansiedad. Sólo Jesucristo puede darnos la fuerza para sufrir, con paciencia y provecho, las pruebas de este último momento decisivo. Al acercarse la muerte debemos temer más que nunca los asaltos del infierno. En cuanto más nos acercamos a nuestro objetivo más luchará el infierno por prevenir que lo alcancemos.
San Eliécer, quien llevó una vida de gran pureza, fue violentamente tentado a la hora de la muerte, pero él no perdió el valor ni por un momento. A los que se encontraban de pie a su alrededor les dijo: "Los esfuerzos del infierno en este momento son muy grandes, pero por los méritos de Su sufrimiento, nuestro Salvador les quita todo su poder". San Francisco deseaba que a la hora de su muerte la Pasión de Cristo le fuese leída, y San Carlos Borromeo tenía imágenes que representaban el sufrimiento de nuestro Salvador puestas en su cama; mientras las observaba entregó su alma a Dios. Nuestro Señor Jesús deseó sufrir la muerte, como dice San Pablo, "para reducir a la impotencia mediante la muerte a aquel que tiene el imperio de la muerte, es decir, al diablo, y libertar a todos aquellos que, por miedo a la muerte, estaban sometidos durante toda su vida a la esclavitud." (Hebr. 2:14-15).
Motivos para nuestra esperanza
En cuanto a los motivos sobre los que debe apoyarse nuestra esperanza, el primero lo encontramos en las promesas hechas por Dios. En casi todas las páginas de la Sagrada Escritura encontramos razones para esperar en el Señor. Allí leemos que Dios promete la salvación eterna y los medios para obtenerla a aquellos que creen y oran: "Por eso os digo: Todo lo que pidáis en la oración creed que lo recibiréis, y lo tendréis." (San Marcos, 11:24). ¡Porque todo el que pide recibe" (San Mateo, 7:8).
El segundo motivo de nuestra esperanza es el deseo sincero de que Nuestro Señor nos haga felices. Dios ama a todas sus criaturas. "Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que hiciste" (Sab. 11:24). Pero todo amor, dice San Agustín, posee una fuerza activa y no puede permanecer ocioso. En consecuencia, el amor contiene en su misma esencia la idea de la benevolencia, y alguien que ama no puede sino hacer el bien al objeto de su amor si le es de alguna forma posible. "El amor", dice Aristóteles, "se esfuerza en llevar a cabo lo que considera el bien para el objeto amado." Si, por tanto, Dios ama a todos los hombres, Él también debe desear que todos los hombres obtengan la felicidad eterna, pues éste es el más elevado y único bien del hombre, pues es el fin para el que ha sido creado. "Tenéis como fruto la consagración a Dios y como resultado final la vida eterna." (Rom. 6:22).
Como un tercer y poderoso motivo para esperar en Dios, tenemos los méritos de Jesucristo. Mucho antes de que nuestro Salvador apareciera sobre la tierra, el Salmista David había puesto toda su esperanza en Él: "En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero." (Salmo 30:6). Cuánto más, por tanto, debemos poner nuestra confianza en Jesús ahora que Él ha venido y ha cumplido la obra de nuestra redención. Llenos de confianza y seguridad, deberíamos repetir con el Salmista: "En vuestras manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu: Vos me habéis redimido, oh Señor, el Dios de la verdad. Sois fiel a vuestras promesas."
No olvidemos, dice el venerable Juan de Ávila (San Juan de la Cruz), que entre el Padre Eterno y nosotros hay un Mediador, Jesucristo, a quien estamos unidos por vínculos de amor tan fuertes que nada puede romperlos jamás a menos que nosotros mismos los rompamos por el pecado mortal. La sangre de Jesucristo clama misericordia por nosotros, y ese clamor es tan fuerte que el clamor de nuestros pecados no puede oírse. Nadie se pierde, por tanto, porque no se haya satisfecho por él, sino por la negligencia en recibir los sacramentos que Jesucristo ha instituido junto con la satisfacción (por la negligencia en confesar nuestros pecados a un sacerdote católico en el confesionario).
La Intercesión de María
Un cuarto motivo para tener una confianza ilimitada es la poderosa intercesión de María nuestra Madre. San Bernardo dice que tenemos acceso al Padre Eterno a través de Su Divino Hijo, quien es un Mediador de la justicia. Pero tenemos acceso al Hijo a través de su Santa Madre, quien es la medianera de la gracia y quien, por su intercesión, ha obtenido para nosotros aquello para lo que Jesucristo ha hecho méritos por Su muerte. "A través de vos, que habéis encontrado la gracia, pueda ser que tengamos acceso al Hijo, oh Madre de nuestra salvación, de manera que a través vuestro Él pueda recibirnos, Él que a través vuestro nos ha sido dado". Todos los bienes y gracias que, por lo tanto, recibimos de Dios vienen a nosotros a través de la intercesión de María. ¿Y por qué es esto? San Bernardo responde: "Porque Dios así lo ha querido."
Una razón adicional para este privilegio de María nos es dada por San Agustín cuando dice: "María puede ser correctamente llamada nuestra Madre porque por su amor ella contribuyó a darnos la vida de la gracia y a hacernos miembros del cuerpo místico de Cristo." Como María, por tanto, contribuyó con su amor a la regeneración espiritual de los fieles, Dios ha querido que por su intercesión todos los hombres obtengan la vida de la gracia aquí, y la vida de la gloria de aquí en adelante. Por esta razón la Iglesia desea que la invoquemos como "vida, dulzura y esperanza nuestra".
En concordancia, San Bernardo nos exhorta a recurrir constantemente a esta Madre divina porque sus peticiones son ciertamente respondidas. "Apuraos hacia María", escribe, "pues lo digo sin vacilar, el Hijo ciertamente escuchará a la Madre. Ella es la escalera segura para los pobres pecadores. Ella es mi más grande seguridad; ella es el único terreno de mi esperanza." Él llama a María una escalera para los pecadores, porque así como no puede llegarse al tercer escalón sin pasar por el segundo, ni al segundo sin pasar por el primero, sólo puede alcanzarse a Dios a través de Jesucristo, y a Jesucristo sólo a través de María. El santo llama a María su más grande seguridad y el único terreno de su esperanza, pues su firme convicción es que Dios desea que todas las gracias que nos otorga vengan por las manos de María.
El Señor puede y quiere concedernos la felicidad eterna, y lo que es más, Él lo ha prometido a todos los que cumplan Sus mandamientos; para este fin Él mismo promete conceder a todos los que las busquen, las gracias necesarias para cumplir Sus órdenes. Es no obstante cierto que incluso la esperanza cristiana no está del todo libre de un cierto temor; pero como dice Santo Tomás: No tenemos qué temer de parte de Dios, sino de nosotros mismos." Es muy posible que fallemos en cooperar con la gracia de Dios y que incluso pongamos obstáculos en el camino.
Nuestra cooperación es necesaria para la obtención de la felicidad eterna - y ésta cooperación es incierta. Dios desea, por tanto, que por un lado alberguemos cierta ansiedad para evitar que, confiando en nuestras propias fuerzas, seamos confundidos; pero por otro lado, Él desea que tengamos absoluta certeza de que es Su voluntad hacernos eternamente felices y que Él nos dará todas las gracias necesarias si sólo se lo pedimos. Deberíamos, por tanto, confiar con inquebrantable esperanza en Su bondad. Santo Tomás dice: "Debemos confiadamente esperar la felicidad eterna del poder y la misericordia de Dios, creyendo firmemente que Dios puede hacernos felices y que desea hacerlo."
En segundo lugar, nuestra esperanza debe fundarse sólo en Dios. El Señor nos prohíbe confiar en las criaturas: "No confiéis en los príncipes" (Sal. 145:3). ¡Maldito el hombre que confía en el hombre" (Jer. 17:5). Dios desea que no construyamos sobre criaturas porque Él no quiere que nos apeguemos a ellas con un amor desordenado. San Vicente de Paúl nos aconseja no contar demasiado con la protección de los hombres, pues si los hacemos el Señor se alejará de nosotros; por otro lado, entre más crecemos en el amor de Dios más confiamos en Él: "Corro por el camino de vuestros mandamientos pues Vos me agrandasteis el corazón" (Sal. 118:32), por la confianza.
Pero alguien podría decir: Si sólo Dios es nuestra esperanza, ¿cómo puede la Iglesia dirigirse a María como "Esperanza nuestra"?. Escuchemos lo que Santo Tomás dice sobre éste punto. Podemos poner nuestra esperanza en cualquier persona, dice el santo, de dos maneras; uno puede considerar a una como la causa principal y final de nuestra esperanza, o como la causa secundaria y mediata. Por ejemplo, uno puede esperar un favor de un rey y de su ministro o favorito. El rey sería la causa final o principal de la cual se espera, el ministro o favorito su mediador o intercesor. Si el último concede el favor, viene no obstante del primero, pero por intercesión del último.
Ahora, como el Rey del Cielo es Bondad Infinita en sí misma, Él desea enriquecernos con sus gracias; pero al ser necesaria una gran confianza de nuestra parte para obtenerlas, Él, para incrementar nuestra confianza, nos ha dado a Su propia Madre como nuestra Madre y mediatriz para asistirnos. Por tanto, Él desea que pongamos nuestra esperanza de salvación, y de todos los bienes y gracias, en ella.
De acuerdo con las palabras del profeta, los que ponen su confianza en criaturas están malditos. Este pasaje se refiere a aquellos que desdeñan a su Dios y ponen su esperanza en la amistad y los favores de los hombres. Pero quienes esperan en María, la Madre de Dios, quien tiene el poder de obtenerles la gracia y la vida eterna, serán bendecidos por Dios. Le dan gran alegría a Su corazón amante, pues Él desea ver honrada y amada a esa criatura exaltada que en la tierra lo amó y honró más que los hombres y los ángeles juntos.
Nosotros tenemos razón por tanto en llamar a la Virgen Bendita nuestra esperanza, pues por medio de su intercesión esperamos obtener lo que nunca podríamos obtener sólo por nuestras débiles plegarias. Rogamos su intercesión, dice Suárez, de manera que la dignidad de la intercesión pueda suplir lo que es querido en nosotros. Invocando a María con confianza, manifestamos que no tenemos ninguna desconfianza en la misericordia de Dios, sino simplemente temor por cuenta de nuestra falta de merecimiento. La Santa Iglesia está justificada entonces para llamar a María "Madre de la divina esperanza", y por ello desea decir que María despierta en nosotros la esperanza en los bienes inestimables de la eternidad.
Debemos cooperar
En tercer lugar, nuestra esperanza debe ser activa. Para que nuestra esperanza no sea vana debe trabajar; es decir, para la confianza sin límites en Dios debemos unir el uso de los medios de salvación y santificación que la Divina Majestad nos ha dado: de otra manera perteneceríamos al grupo de esas almas ociosas que tientan al Señor. Debemos actuar como si obtener nuestra salvación dependiera completamente de nosotros mismos, y sin embargo debemos depositar toda nuestra confianza en Dios y estar profundamente convencidos de que de nosotros mismos somos completamente incapaces de obtener lo que deseamos.
Dios lleva a cabo todo por medio de Su gracia, pero Él sin embargo desea nuestra cooperación. Si esta cooperación aunque insignificante, es deficiente, Dios se retira de nosotros y nos trata como siervos indolentes que no merecen nada más que ser arrojados a la oscuridad exterior. "Por consiguiente, hermanos, esforzaos más y más por asegurar vuestra vocación y elección; de esta manera no tropezaréis jamás (2 Pedro, 1:10).
¿Pero qué tenemos que hacer? Por encima de todas las cosas debemos orar. ¿Y Cuánto tiempo debemos orar? Hasta que, dice San Juan Crisóstomo, oigamos la sentencia favorable que nos asegura la salvación eterna. Y añade: Aquel que dice: "No pararé de rezar hasta que esté eternamente feliz", ciertamente será eternamente feliz. "¿No sabéis", dice el Apóstol, "que los que corren en el estadio todos corren, pero sólo uno consigue el premio? Corred de modo que lo conquistéis." (I Cor. 9:24). En orden a estar eternamente feliz no es suficiente, por tanto, simplemente orar; debemos continuar orando hasta que estemos en posesión de la corona que Dios nos ha prometido.
Si deseamos ser felices por toda la eternidad debemos imitar a David el profeta, quien mantuvo sus ojos siempre dirigidos al Señor para implorar Su ayuda y no ser superado por sus enemigos: "Tengo mis ojos fijos en el Señor, Él me sacará mis pies del cepo" (Sal. 24:15). El demonio nunca se cansa de poner trampas para nuestra destrucción: "Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, da vueltas y busca a quién devorar." (l Pedro, 5:8). Por consiguiente, debemos mantener las armas siempre en nuestras manos para defendernos de tal enemigo. Debemos decir con el Salmista: "Perseguí a mis enemigos, les dí alcance, no me volví hasta acabar con ellos." (Sal. 17:38).
Por la ayuda que recibimos a través de la oración debemos esforzarnos en guardar los mandamientos de Dios y hacernos violencia a nosotros mismos, para no doblegarnos frente a las tentaciones del infierno: "El reino de Dios sufre violencia, y los violentos lo arrebatan." (San Mateo, 11:12). Debemos hacernos violencia en las tentaciones conquistándonos y mortificando nuestros sentidos para no ser superados por el enemigo de nuestras almas.
Y cuando seamos culpables de una falta, dice San Ambrosio, hagámonos violencia hacia el Señor con oraciones y lágrimas para obtener su perdón. Para inspirarnos con valor el santo continúa: "! Oh bendita violencia que Dios no usa para castigar con su furia, sino que recibe con misericordia y recompensa! Entre más grande sea esa violencia, más agradable es a Jesucristo". Él concluye con las siguientes palabras: "Debemos gobernar sobre nosotros mismos dominando nuestras malas pasiones en orden a ganar el Cielo que Cristo ha ganado para nosotros.
San Alfonso María de Ligorio
