El testimonio de las Comunidades Protestantes
En las primeras comunidades Luteranas, la Comunión era recibida en la boca y de rodillas, ya que Lutero no negó la Presencia Real. Por otro lado, Zwingli, Calvino, y sus sucesores, quienes negaron la Presencia Real, introdujeron, ya en el siglo XVI, la Comunión en la mano y de pie: "De pie y en la mano era ya la costumbre." Una práctica similar se observó en las comunidades de Calvino en Génova: "Era la costumbre de llevarse y de pie para recibir la Comunión. La gente se para alrededor de la mesa y coge los elementos con sus propias manos."
Algunos sínodos de la Comunidad Calvinista en Holanda, en los siglos XVI y XVII, establecieron prohibiciones formales para recibir la Comunión de rodillas: "Anteriormente, la gente podría haberse arrodillado durante la oración [Cena del Señor] y también recibía la Comunión de rodillas pero… varios sínodos prohibieron esto para evitar cualquier sugerencia de que el pan era venerado." (…)
El Papa Benedicto XVI, en su exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, enfatizó la sacralidad de la Sagrada Comunión: "Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos." (n.66).
La actitud de adoración hacia Él, que está realmente presente bajo la forma humilde del Pan consagrado, no solamente en Su Cuerpo y Su Sangre, pero también en la majestad de Su Divinidad es expresado más naturalmente y obviamente a través de gestos bíblicos de adoración arrodillados y postrados. Siempre que San Francisco de Asís veía las campanas de la Iglesia, incluso a la distancia, se arrodillaba y adoraba a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía.
¿No correspondería más a la verdad de la íntima realidad del Pan Consagrado, si los fieles hoy en día se postraran en el piso al recibir la Comunión y abrieran sus bocas, como el profeta Ezequiel recibió la Palabra de Dios (Ez 2), permitiendo que se les alimente como a niños (ya que la Sagrada Comunión es un alimento espiritual)?
Esta actitud ha sido demostrada por generaciones de Católicos en todas las Iglesia en casi todo segundo milenio. Este gesto sería un impresionante signo de profesión de fe en la Presencia Real de Dios en medio de los fieles. Si algún no creyente se encuentra durante la acción litúrgica y observa este acto de adoración, tal vez el también, "rostro al suelo, adore a Dios y declare que Dios esta realmente entre nosotros" (1 Cor 14:25). Es así como debe ser el encuentro de los fieles con Cristo Eucarístico en el augusto y santo momento de la comunión.
El famoso converso inglés Frederick William Faber (1814-1863) fue empujado a la conversión cuando el fue testigo de un conmovido gesto de adoración y fe en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, en la Basílica de San Juan de Laterán en Roma en 1843. Para un católico eso era un escena común y ordinaria, pero para Faber, fue una escena que nunca la olvidaría por el resto de su vida.
El recuerda lo siguiente:
…y cuando el Papa Gregorio bajaba del Trono, y se arrodillo a la pies del altar, y todos nos arrodillamos con el, fue una escena tan conmovedora de nada que había visto antes; las túnicas rojas de los postrados Cardinales, el morado del interior de los prelados, los soldados arrodillados, y la gente en general, la magnificencia de la esplendorosa Iglesia, y la invisible presencia de sus grandes memorias históricas, y en el centro ese hombre viejo en blanco, postrado ante el Cuerpo levantado del Señor, y el silencio, silencio muerto –oh, que vista era esta!
CONCLUSIÓN
Sobre el fondo de la bimilenaria historia de la piedad y de la tradición litúrgica de la Iglesia Universal en Oriente y Occidente, sobre todo respecto al desarrollo orgánico del patrimonio patrístico, puede concluirse la siguiente síntesis:
- El desarrollo orgánico de la piedad eucarística como fruto de la piedad de los Padres de la Iglesia, ha conducido a todas las Iglesias, tanto en Oriente como en Occidente, aún ya en el primer milenio, a administrar la sagrada Comunión a los fieles directamente en la boca. En Occidente, al inicio del segundo milenio, se agregó el gesto profundamente bíblico de arrodillarse. En las múltiples variaciones litúrgicas orientales, se circunda el momento de la recepción del Cuerpo del Señor con solemnes ceremonias, y a menudo se exige a los fieles una previa postración en tierra.
- La Iglesia prescribe el uso del platillo de Comunión o patena, para evitar que algún fragmento de la Hostia consagrada caiga en tierra (Cf. Missale Romanum, Institutio generalis, n.18; Redemptionis Sacramentum, n.93) y que el obispo se lave las manos después de la distribución de la Comunión (Cf. Ceremoniale episcoporum, n.166). En el caso de la distribución de la Comunión en la mano, frecuentemente se desprenden de la Hostia pequeños fragmentos los cuales, o caen en tierra o quedan adheridos a la palma y a los dedos del comulgante.
- El momento de la sagrada Comunión, en cuanto encuentro de los fieles con la Divina Persona del Redentor, exige, por su naturaleza, y aún exteriormente, gestos típicamente sacros, como la postración de rodillas. En la mañana de la Resurrección las mujeres adoraron al Señor Resucitado postrándose en tierra delante de Él, (Cf. Mt 28,9); también los Apóstoles lo hicieron (Cf. Lc 24, 52) y quizás también el Apóstol Tomás se arrodilló diciendo: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28).
- El dejarse nutrir como un niño, recibiendo la Comunión directamente en la boca, expresa de la mejor manera, ritualmente hablando, el carácter de la receptividad y del ser niño delante de Cristo que nutre y "amamanta" espiritualmente. El adulto en cambio, lleva por sí mismo el alimento hasta su boca con sus propios dedos.
- La Iglesia prescribe que, durante la celebración de la Santa Misa, al momento de la Consagración, todo fiel deba arrodillarse. ¿No sería, litúrgicamente más adecuado si, al momento de la sagrada Comunión, cuando el fiel se aproxima físicamente tanto al Señor, al Rey de reyes, lo saludase y lo recibiese arrodillado?
- El gesto de recibir el Cuerpo del Señor en la boca y de rodillas sería un testimonio visible de la fe de la Iglesia en el misterio eucarístico, como así mismo un factor restaurador y educativo para la cultura moderna, para la cual, tanto el gesto de arrodillarse como la infancia espiritual, son fenómenos completamente extraños.
- El deseo de prestar a la augusta persona de Cristo, también en el momento de la sagrada Comunión, el afecto y el honor de manera visible, debería adecuarse al espíritu y al ejemplo de la bimilenaria tradición de la Iglesia: "cum amore ac timore", ("con amor y temor," el adagio de los Padres del primer milenio) además del "quantum potes, tantum aude" ("hazlo tanto, como puedas"), el adagio del segundo milenio.
Para terminar, damos espacio a una conmovedora plegaria de María Stang, madre y abuela alemana del Volga, deportada por el régimen stalinista en el Kazaquistán. Esta mujer de alma "sacerdotal" custodiaba la sagrada Comunión y la llevaba, durante la persecución comunista, a los fieles diseminados en las lejanas estepas del Kazaquistán, orando con éstas palabras:
"Ahí, donde habita mi querido Jesús, donde truena desde el tabernáculo, ahí quiero permanecer continuamente arrodillada. Ahí quiero rezar perpetuamente. Jesús, te amo profundamente; Amor escondido, yo te adoro. Amor abandonado, te adoro. Amor despreciado, te adoro. Amor golpeado, te adoro. Amor infinito, Amor muerto por nosotros sobre la Cruz, te adoro. Mi querido Señor y Salvador, haz que yo sea enteramente amor, enteramente expiación por el Santísimo Sacramento en el corazón de tu clementísima Madre María, Amén".
Quiera Dios que los Pastores de la Iglesia puedan renovar la Casa de Dios, que es la Iglesia, situando a Jesús Eucarístico en el centro, dándole el primer puesto, de modo que sea Él quien reciba los gestos de honor y adoración, también en el momento de la sagrada Comunión.
"¡La Iglesia debe ser reformada, a partir de la Eucaristía!" ("Ecclesia ab Eucharistia enmendata est!"). La Iglesia debe ser reformada por la Eucaristía.
En la Sagrada Hostia no hay cualquier cosa, sino Alguien. "¡Él está ahí!": Así ha sintetizado el misterio eucarístico san Juan María Vianney, el santo cura de Ars. Porque no se trata de ningún otro ni de ninguno más grande que el mismo Señor: "Dominus est!". (¡Es el Señor!)
