La cuestión es clara y evidente, puesto que Jesucristo habla claramente sobre el tema de la indisolubilidad del matrimonio. No puede haber dos opiniones: el vínculo matrimonial es santo e indisoluble. Por desgracia,  en los tiempos que corren, hay muchos que no quieren respetar la Ley Divina.

Quiero comenzar dejando claro que no le guardo rencor a nadie, a todos he perdonado de corazón y tengo la esperanza de que esas personas me hayan perdonado igualmente o me vayan a perdonar todo el mal que les hice y los errores que cometí. Escribo este testimonio únicamente para advertir a los hombres y las mujeres que estén destruyendo el vínculo sagrado del matrimonio por culpa de un error fatal. Estoy convencido de que si la amante actual de mi padre no se hubiera liado con él, la vida de toda nuestra familia sería completamente diferente.

Recuerdo  que  durante  mi  infancia papá lo era todo para mí. Siempre estaba esperando que volviera del trabajo para lanzarme sobre su cuello y para pasar con él, y me daba igual el cómo, pero sí quería algo de tiempo. Normalmente la cosa quedaba en que yo me ponía a ver una película en la tele y cada diez minutos despertaba a mi padre, que se había quedado dormido cerca mío debido al cansancio. Durante toda  la  semana,   él   trabajaba   desde la mañana hasta bien entrada la noche, lo que hacía que le echara  mucho de menos y valorara el tiempo que pasábamos juntos. Tomaba ejemplo de él siempre que podía. Si él comía directamente de la olla, pues yo también quería hacer lo mismo; cuando él estaba trabajando en el ordenador, me ponía detrás suyo y fisgoneaba sus movimientos. Quería hacerlo todo literalmente igual que mi padre. Quizás salvando la excepción del estudio y del orden en mi habitación… Por supuesto, mi padre aplicaba también un sistema de premios y castigos, que ya no recuerdo bien. Sólo se que yo gozaba de un trato preferente por parte de él, más que mi hermana. Puedo afirmar con una conciencia limpia que mi infancia fue muy tranquila…, hasta el momento en que todo se vino abajo. Más o menos cuando tenía 9 años me enteré de que la amiga de papá, con la cual íbamos a menudo de vacaciones, no era sólo una amiga, sino  -como él mismo reconoció- una persona de la que estaba enamorado. Mi hermana lo sabía de antes, y una vez no se contuvo y discutió terriblemente con mi padre. O yo era demasiado joven o lo admiraba demasiado como para decirle: « Quítate eso de la cabeza. Tu esposa no es una cosa que se pone y se quita ». Después de su breve explicación de la situación, yo le dije que le comprendía. En realidad no tenía ni idea de lo que verdaderamente estaba pasando con nuestra familia. Me había convertido en defensor del mal contra mi madre y mi hermana, que eran a quienes se les había hecho daño.

Comenzó  un  auténtico   infierno. Las ruidosas peleas de nuestros padres se convirtieron en algo cotidiano para nosotros, y mi hermana y yo solo queríamos olvidarnos de ellas lo más pronto posible. Mamá sabía que papá tenía una amante y no lo podía soportar. Nuestra infancia y aquella vida tranquila empezaron a desmoronarse… Mi hermana y yo nos escondíamos en nuestra habitación, esperando hasta que nuestros padres dejaran de discutir. Normalmente el final era que papá irrumpía en nuestro cuarto y le echaba en cara a mamá: « ¡Ven!

¡Mira cómo por tu culpa están asustados los niños! ». ¡Ni que fuera mi madre la que estaba intentando destruir nuestra familia!

Al final, mi madre no aguantó más y le echó de casa. Le hizo las maletas a mi padre y lo mandó mudarse con sus padres. Yo no estaba para nada de acuerdo con eso. Mamá quería que papá, que era para mí una autoridad y un modelo, se fuera de casa. Yo seguía sin entender el daño que le había hecho a mi madre; y mi hermana y mi madre no comprendían qué dolor suponía para mí sentir que estaba perdiendo a la persona más cercana que tenía. La gente a menudo se pregunta:

¿Dónde está Dios cuando más se le necesita? La respuesta es fácil: está en todas partes y, en situaciones como esta, está especialmente junto a ti. Lo malo es que si tú no quieres conocerle y no cumples Sus mandamientos, entonces Dios debe respetar tu libertad. Lo único que Él puede hacer es esperar pacientemente hasta que tú le pidas ayuda.

Antes de que pasara todo esto, nuestra familia se consideraba creyente. Todos íbamos a Misa los domingos y participábamos en la  Eucaristía.  Papá fue el primero que dejó de asistir a la Iglesia los domingos. Se excusaba diciendo que tenía demasiado trabajo, pero es muy posible que quisiera ocultar el hecho de que se estaba viendo con su amante. La siguiente fue mi hermana. Yo, en cambio,  había ayudado con anterioridad a quebrar la fe de mi madre, al salir llorando del confesionario justo antes de mi Primera Comunión. Mis palabras habían irritado tanto al cura, que durante la confesión empezó a gritarme de tal manera que toda mi clase lo escuchó. Después de salir del confesionario, le dije a mi madre que: « ¡Aquí yo no vuelvo nunca más! ». Más tarde,  cuando  mis  padres se separaron, también mi madre y yo dejamos de ir a la Iglesia.

Sobre  este  terreno  acondicionado de tragedia, mentira, traición  y  falta de Dios en la relación familiar, empecé a construir otra vida, basada en modelos equivocados; frutos de los cuales fueron las faltas de respeto hacia mi madre y mi hermana, la pereza, un excesivo egoísmo en mi relación con otras personas, soltar palabrotas cada dos por tres, caer en los vicios de mirar pornografía y masturbarme, y al final, mantener relaciones sexuales antes del matrimonio.

Aquí se podría plantear uno esta pregunta: ¿Qué le puede decir un padre que está cometiendo adulterio a su hijo, para que éste no tenga sexo antes del matrimonio? Pues nada, o bien lo que yo a veces le escuché al mío: « Recuerda únicamente que nunca sin protección… ».

Cada relación mía con una chica terminaba en fiasco. Con todas menos con la que actualmente estoy. Cuando descubrí que todas mis desdichas procedían de mi falta de confianza en Jesús y de no estar cumpliendo los Diez Mandamientos, mi vida cambió. Hoy soy un marido feliz, que ama a su esposa y me he decidido a que no voy a construir una relación matrimonial, ni ninguna otra, sin poner al Señor en mi vida. Sencillamente, no es posible edificar nada bueno sin Jesús. El matrimonio es la relación del marido con su esposa y de ambos con el Señor. Para eso los cónyuges se juran mutuamente, ante Dios y ante su Iglesia: « amor, fidelidad conyugal, respeto y que no se abandonarán hasta la muerte »; porque se trata de una decisión común de aceptar esa ardua tarea que conduce a la felicidad. La labor del demonio consiste básicamente en tendernos la trampa de las « soluciones fáciles » en los momentos mas difíciles de nuestra vida; pero después resulta que nos ocurre algo incluso peor. El hecho de que mi padre abandonara a mi madre fue, precisamente, como una especie de huida suya de los problemas y de sentirse incómodo, para acabar sumido en su propio egoísmo. En realidad, tanto mi padre como su querida escogieron continuar en pecado mortal, condenándose al castigo eterno; pero ellos no se están dando cuenta, en absoluto, de que el vacío que surge debido a esa falta de amor de Dios, no se puede sustituir con dinero o con viajes, ni con la búsqueda de nuevas experiencias o sensaciones. Pienso que si la mujer con la que se fue mi padre supiera cuanto mal nos ha ocasionado a todos, se habría buscado otro hombre para ella y habría fundado una familia normal, donde sus miembros se quieran. Sobre todo porque ella destruyó su propio trato con Dios, y se metió en una relación pecaminosa,  apartando de Dios igualmente a mi padre. Le arrebató el marido a mi madre, con quien ella sigue unida sacramentalmente, y junto con quien había criado a sus hijos y construido su propia vida.

Mamá había sido traicionada y humillada; sus sentimientos habían sido pisoteados;  su  confianza,  hecha  añicos.

Ella tenía que continuar construyendo su vida sin su marido, con un sentimiento de daño y amargura. Mi hermana y yo nos  quedamos  privados de nuestro padre; aquel hombre que había sido para mí la máxima autoridad, nos había traicionado a todos, dándome el peor de los ejemplos… Yo quiero mucho a mis padres y deseo que estén de nuevo juntos.

El adulterio es un pecado que arrasa las relaciones mutuas de toda la familia, y acarrea un montón de sufrimientos. ¿Acaso se puede buscar la felicidad destruyendo la vida de unas cuantas personas? Por desgracia, en esto no pensó la amante de mi padre…

Incluso  hoy,  después  de  muchos años, cuando yo mismo soy un marido responsable, siento las dolorosas consecuencias de nuestra primigenia familia rota. Yo sé que me queda todavía una dura tarea por delante, para quitarme de encima  todas  esas  inclinaciones y mis hábitos malos; si mi padre rompiera con su amante y volviera con mi madre, me resultaría mucho más fácil... Pero los cónyuges aportan a su matrimonio, en gran medida, lo que cada uno de ellos trae consigo de su propia familia.

Si no fuera por la gente que ha rezado por mí y si no fuera por el gran amor de Dios en mi vida, mi matrimonio ya no existiría, o bien desaparecería igual de rápido como todas mis relaciones anteriores.

Se puede destruir sin esfuerzo una familia al cabo de algunos días, e incluso de algunas horas. Para construir algo, hacen falta muchos años, y paciencia y sacrificios. El adulterio que perdura en nuestra familia nos está dificultando mucho entablar relaciones normales, y justamente por eso no deberías seguir siendo la amante de mi padre.