He querido finalizar la edición de este fin de año 2014 con una reflexión sobre unos versículos de la Sagrada Escritura sabiendo que « Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena. » (2 Tim 3, 16-17) y aquella de « Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio. »
Dice también el Evangelio: « Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes ». La frase es "condicional" el establecimiento del Reino depende de una batalla frontal contra el demonio. Y en otra parte dice: "El Reino de Dios padece violencia y solo los esforzados lo arrebatan". Nadie pues que de verdad quiera trabajar por el Reino de Cristo puede evitar esta confrontación con "el demonio, que viene con renovado furor hasta vosotros, porque sabe que le queda poco tiempo" (Ap 12, 12). Desde el Jardín del Edén, el maligno utiliza la mentira mezclada con la verdad, para introducirse en el alma del hombre. Tengamos mucho cuidado hermanos, de proclamar las verdades de nuestra Fe con toda claridad, sin ambigüedades ni falsas misericordias; no sea que, queriendo acercar a las almas a Dios, hagamos sin querer el trabajo del maligno. Esto nos dice San Pablo en la carta a los Gálatas (1, 7-9): « Hay gente que los está perturbando y quiere alterar el Evangelio de Cristo. Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡que sea anatema! Ya se lo dijimos antes, y ahora les vuelvo a repetir: el que les predique un evangelio distinto del que ustedes han recibido, ¡que sea expulsado! ».
Ante el cada vez más enconado combate en defensa de la verdad tanto desde dentro como fuera de la Iglesia es imprescindible recordar que estamos en guerra. Aquí voy a recordar lo que el Rev. Padre Juan Rivas escribió no hace mucho en su post: "Según el evangelio el Reino de Dios, no se regala, se conquista y se instaura en el mundo, como todo reino, mediante la lucha y confrontación contra otro reino oscuro y tenebroso, dominado por el príncipe de este mundo. Al puntualizar Jesús que la llegada del Reino de Dios se manifiesta mediante la expulsión de los demonios, está advirtiendo a sus oyentes que el expulsar a los demonios no es algo folklórico o periférico sino esencial a la instauración del Reino. Su Reino era espiritual y la batalla era espiritual, contra el más fuerte. Por tanto, si la lucha es verdadera no nos debería extrañar que hayan muchos heridos y muchos caídos en nuestro bando, lo raro no es ver a un soldado con heridas y cicatrices, sino haciendo el chulo y peinadito. Por eso hay que volver a gritar como Gedeón a los que quedan: "el que tenga miedo que se retire" porque no vas a salir vivo de esta batalla, si no tienes una fe luminosa, vives en gracia y no te revistes de la fuerza del Espíritu Santo."
Dicho esto; para ganar cualquier batalla y toda clase de guerra, creo que hay que conocer tres cosas muy esenciales: primero, que estamos en guerra; segundo, quién es nuestro enemigo, y tercero qué tipo de armas o estrategias pueden derrotarlo.
En síntesis, nuestro llamado es a ser Santos y no mundanos. Santos y no espirituales. Somos parte del Reino de los Cielos, no del reino de este mundo. Debemos aprender los movimientos de nuestro Señor, olvidarnos de nosotros y sacrificarnos. Debemos entender quién es nuestro enemigo: los malos espíritus, no las miserias psicológicas, las falsas ideologías y filosofías. ¡ Y las colonias del enemigo en nuestras propias almas son nuestros propios pecados! Todo pecado es una gota de sangre drenada como Drácula del cuerpo místico de Cristo. Cada acto de amor es un vaso de agua fresca dado a cada alma sedienta en ese cuerpo.
No hay tales cosas como los crímenes sin víctimas. Nosotros ayudamos o dañamos la salud espiritual de todas las células de ese órgano, es decir a cada persona en el mundo, por cada pensamiento y elección que hacemos. La salvación de todos depende de la santidad de cada uno. Cuanto más amas a tu prójimo, lo más probable es que lo verás en el cielo. Así que, en pocas palabras: ¡Seamos católicos reales!



