El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), en el n.º 2309, define las condiciones en las que una guerra está justificada, o se considera « justa »; las únicas guerras permitidas son aquellas que se libran en legítima defensa:
« Las condiciones estrictas de la legítima defensa por la fuerza militar deben ser consideradas con rigor. La gravedad de tal decisión la somete a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es necesario que:
-- El daño infligido por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto.
-- Todos los demás medios para ponerle fin deben haber resultado impracticables o ineficaces.
-- Debe existir una seria probabilidad de éxito.
-- El uso de las armas no debe causar males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción tiene un peso muy importante en la evaluación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales que figuran en la doctrina conocida como « guerra justa ».
La evaluación de estas condiciones de legitimidad moral es una cuestión que compete al juicio prudente de quienes son responsables del bien común.
Por lo tanto, según el Catecismo de la Iglesia Católica, librar una guerra contra Irán para impedir que obtenga armas nucleares (lo que en este caso se denominaría una guerra preventiva) no puede calificarse de guerra justa.
El criterio decisivo del CIC, en el n.º 2309, es: « El daño infligido por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones debe ser duradero, grave y cierto ». Una amenaza potencial, futura o hipotética (como un programa nuclear) no constituye una agresión armada real y cierta.
Además, la posesión o la posible adquisición de un arma nuclear no es un casus belli (un acontecimiento o acto utilizado para justificar una guerra).
El CIC nunca considera que la posesión de armas, la capacidad militar o un programa nuclear constituyan una agresión armada. La doctrina católica condena la proliferación nuclear, pero no permite atacar a un país para impedir que adquiera armas nucleares.
Además, no se cumple el criterio del « último recurso ». Para que una guerra sea justa, deben haberse agotado todas las soluciones no violentas: la diplomacia, las inspecciones, las sanciones, la mediación internacional y la disuasión. En el caso de Irán, aún existen alternativas no militares. Por lo tanto, no se ha llegado al « último recurso ».
Por último, el criterio de proporcionalidad hace que la guerra sea aún menos justificable. La CIC exige que « el uso de las armas no debe producir males mayores que el mal que se pretende eliminar ». Una guerra contra Irán, un país de 90 millones de habitantes situado en una región inestable, con el riesgo de una escalada nuclear o regional, causaría casi con toda seguridad un daño mayor que la amenaza que pretende prevenir.



