« La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. » (Juan 14,27)

por Paola Santamaria

Vivimos en una época llena de avances extraordinarios. Nunca antes la humanidad había contado con tantos medios para comunicarse. Con un simple teléfono podemos hablar con alguien que vive al otro lado del planeta. En cuestión de segundos conocemos lo que sucede en cualquier país. Sin embargo, surge una pregunta que no podemos ignorar: Si nunca habíamos estado tan conectados, ¿por qué parece que estamos cada vez más divididos?

Hablamos de divisiones que atraviesan todos los ámbitos de la vida. 

La política enfrenta a ciudadanos entre sí; las redes sociales convierten las diferencias de opinión en motivos de insulto; familias enteras dejan de hablarse por cuestiones ideológicas; incluso dentro de la Iglesia encontramos tensiones entre quienes prefieren distintas formas de vivir la fe. Y tampoco las comunidades religiosas están exentas de estas heridas.

Lo más preocupante no es que existan diferencias. Las diferencias siempre han existido y seguirán existiendo. Lo verdaderamente preocupante es que hemos empezado a pensar que quien no piensa como nosotros deja de ser digno de nuestra escucha, de nuestro respeto o incluso de nuestro afecto.

Vivimos la cultura de la descalificación. Antes de escuchar, etiquetamos. Antes de comprender, juzgamos. Antes de tender la mano, levantamos un muro.

Pero el Evangelio nos propone un camino completamente distinto. La noche anterior a su Pasión, cuando Jesús sabía que sus discípulos serían puestos a prueba y que el mundo seguiría experimentando conflictos y divisiones, no pidió al Padre que todos tuvieran las mismas opiniones. Tampoco pidió que desaparecieran todas las diferencias humanas, por el contrario, su oración fue mucho más profunda: « Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. » (Juan 17,21)

Estas palabras constituyen el gran sueño de Cristo para la humanidad: la unidad nacida del amor. Esta unidad no significa uniformidad. Dios no creó seres idénticos. Creó personas únicas, con talentos, historias y sensibilidades distintas. La riqueza de la creación está precisamente en su diversidad. Lo que destruye esa riqueza no son las diferencias, sino la incapacidad de vivirlas desde el amor. Por eso, antes de preguntarnos ¿cómo alcanzar la paz entre las naciones?, debemos hacernos otra pregunta mucho más exigente: ¿hay paz en mi corazón?

Porque ninguna sociedad será verdaderamente pacífica si quienes la forman viven dominados por el resentimiento, el orgullo o el deseo de imponerse sobre los demás.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la paz es la ―tranquilidad del orden (San Agustín, De civitate Dei 19, 13). Es obra de la justicia (cf. Is 32, 17) y efecto de la caridad (cf. GS 78, 1-2). (cf. Catecismo, nn. 2304-2305). Es decir, la paz no consiste únicamente en la ausencia de conflictos. Es un modo de vivir que nace cuando el corazón se deja transformar por la gracia de Dios.

San Agustín escribió que la paz es la serenidad que surge cuando todas las cosas ocupan el lugar que Dios les ha dado. Cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, aprendemos a poner también al prójimo en el lugar que le corresponde: no como un rival, sino como un hermano.

Esta verdad resulta especialmente importante en nuestros días. Corremos el riesgo de convertir nuestras ideas políticas, nuestras preferencias culturales o incluso nuestras opiniones sobre la vida eclesial en algo más importante que el mandamiento nuevo de Jesús: « Ámense unos a otros como yo los he amado. » (Juan 13,34)

Cristo no nos preguntará cuántas discusiones ganamos, sino cuánto amamos. No nos preguntará si siempre tuvimos la última palabra, sino si supimos perdonar. No nos preguntará cuántas personas pensaban como nosotros, sino cuántas descubrieron el rostro misericordioso de Dios gracias a nuestra manera de vivir.

Por eso, durante esta reflexión, quisiera invitarlos a mirar nuestro mundo con los ojos de Cristo. No para negar los problemas, sino para descubrir que la paz no comienza en los grandes acuerdos internacionales ni en los discursos de los poderosos. Comienza cuando un corazón se deja reconciliar con Dios y aprende a reconocer en cada ser humano, incluso en quien piensa de manera distinta, la imagen viva del Creador.

¿Por qué vivimos en un mundo cada vez más comunicado, y a la vez más dividido? Hoy las divisiones aparecen en todas partes. Derecha contra izquierda, conservadores contra progresistas, jóvenes contra adultos, tradición contra modernidad… ¿Acaso, estás diferencias no siempre han existido?, lo nuevo es que hemos dejado de dialogar y hemos aprendido a etiquetar.

En el Genesis vemos como el pecado rompe con tres relaciones: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. Luego aparece Caín; "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Génesis 4,9) La violencia comienza cuando el otro deja de ser hermano, por lo tanto, la Santa escritura nos enseña que la guerra exterior nace primero en el corazón.

Actualmente las divisiones son: en la política; liberales, conservadores, azul, rojo... En la Iglesia; tradicionalistas, conservadores, reformistas… En el sistema financiero; capitalistas, socialistas, comunistas… En las familias llegan a pelearse o dejarse de hablar por pensar diferente en ciertos temas. Recordemos en el tiempo del llamado COVID, cuánta división surgió entre miembros de una misma familia, incluso por herencias se cortan relaciones entre hermanos. Es decir, todo lo anterior causa divisiones en el seno familiar. 

Hoy en día muchas personas juzgan primero la ideología y después descubren a la persona. Pero ninguna opinión vale más que una persona. Jesús no rompió relaciones por pensar distinto, al contrario, se acercó a judíos y no judíos, pecadores, gentiles, usureros, samaritanos… 

Él miraba a la persona antes de mirar su ideología, su culto, estudios, forma de vestir, cultura, origen…

La mujer adúltera (Jn 8,1-11) 

San Pablo nos dice: "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" Gal 3, 28

Esto significa que nuestra identidad principal es ser hijos de Dios y verdadero cristiano-católico no pertenece primero a un partido político, o a un sistema o culto, pertenece primero a Cristo. 

En el libro de Santiago leemos: ¿De dónde proceden esas guerras y esas riñas entre ustedes? De aquí abajo, por supuesto; son el fruto de las codicias, que hacen la guerra dentro de ustedes mismos. (St. 4,1) 

Pero la Santa escritura también nos enseña que la Paz viene de Jesucristo: "Él es nuestra paz. Él ha destruido el muro de separación, la enemistad, y de los dos pueblos ha hecho uno solo en su propia carne. (Ef. 2,14) 

San Pablo no dice que Cristo solo trae paz: "Cristo es nuestra paz" y en Mateo leemos; Bienaventurados los que trabajan por la paz" (Mt 5,9).  No dice: "Los que tienen razón, dice; los que hacen la paz".

¿Qué dice la Iglesia? 

El Papa Francisco frecuentemente decía que la Iglesia no puede convertirse en un campo de batalla entre ideologías, pues la unidad no significa uniformidad. En Fratelli Tutti leemos: "Las diferencias son creativas; las oposiciones ayudan; pero la confrontación permanente destruye"

"El mayor enemigo de la paz no siempre es la guerra. Muchas veces es la incapacidad de reconocer la dignidad del que piensa diferente."

El Catecismo de la Iglesia Católica, en los números 2302-2305 enseña que la ira, el odio y el desprecio al prójimo son contrarios a la caridad y a la paz. 

Jesús no nos pidió que todos pensáramos igual. Pidió algo mucho más difícil. "Que todos sean uno" (Jn 17,21) 

"La paz mundial no comenzará en los parlamentos ni en los organismos internacionales, comenzará cuando cada uno de nosotros deje de alimentar divisiones en su propia casa, en su comunidad, en su parroquia y en su corazón.

"No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdón." (San Juan Pablo II), ésta una frase muy poderosa porque nos recuerda que la reconciliación no nace de olvidar las heridas, sino de decidir no dejar que ellas gobiernen nuestro corazón, y conviene aquí preguntarnos: ¿Soy constructor de puentes o de muros?, ¿Mis palabras acercan a las personas o las alejan?"

"Quizá nunca logremos cambiar el mundo entero. Pero sí podemos cambiar el pequeño mundo que nos rodea. Cada vez que perdonamos, el Reino de Dios avanza. Cada vez que escuchamos con respeto, el Reino de Dios avanza. Cada vez que elegimos el diálogo en lugar del desprecio, Cristo sigue derribando los muros que nos separan." PARA DIOS, TODO ES POSIBLE.

Pidamos al Señor que haga de nosotros instrumentos de su paz. Que, en un mundo que levanta muros, seamos constructores de puentes. Que, en una sociedad que divide, seamos sembradores de comunión. Quisiera terminar con una frase que se le atribuye a San Agustín: "En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad."