Esposos: una sola carne sois

Sólo en el Cielo conoceremos las inmensas gracias que nos han invadido recibiendo la Eucaristía, querido lector. Hace poco conocí a una mujer que me dio un ejemplo monumental respecto al poder de la fe. Mi nueva amiga, a la que llamaré Susana, no es una gran teóloga, sino una simple mujer de fe, una esposa y madre como cualquiera que usted pueda conocer. ¡Pero cuántos sabios teólogos se hubieran quedado perplejos al escucharla!

Susana compartió conmigo su gran cruz y el gran drama en su vida: su marido, Antonio, está psíquicamente enfermo. Su depresión agre- siva explotó a causa de la horrible crisis financiera que todos atra- vesamos. La economía familiar se vio irremediablemente dañada Y ellos, con cinco hijos, sufrieron un revés muy serio.

La enfermedad de Antonio llegó a ser peligrosa: comenzó a ser ver- balmente violento, desaparecía de casa durante días, blasfemaba brutalmente y en una ocasión quiso quemar la vivienda.

Susana le acompañó a un psiquiatra que le recetó una medicación acertada, pero lo preocupante era él, quien, a veces, se negaba a tomarla. A causa de ello, un buen día abandonó definitivamente el hogar. Susana vivía angustiada: no sabía dónde pernoctaba Antonio. Aún le amaba, pero la convivencia había sido infernal y ella comprendió que no podría vivir en paz mientras él no se medicara. A veces la telefoneaba insultándola y hasta increpaba su fe (él había sido un hombre muy creyente hasta la enfermedad).

"Aunque vivía aterrorizada, no perdí la fe y perseveré en mi misa diaria", me dijo. "Durante la misa me desahogaba con el Señor. Lo más importante sucedía en mi Comunión. En cuanto recibía a Jesús le decía:'Señor, por el sacramento del matri- monio sabes que Antonio y yo somos uno. Por ello, y como te tengo en mi boca, alma y corazón en este momento, te ruego que vayas a él también, esté donde esté. ¿No dijo el sacerdote en nuestra boda que ya éramos uno a tus ojos? Pues entonces, ve a él, Señor, y cúbrele. Sánale: porque si estás conmigo ahora, al ser él mi esposo, estás también con él"".

Pasaron algunos meses y Susana perseveraba en su oración y en la Comunión diaria. "Yo sabía que el Señor me escuchaba, que invadía a mi esposo como a mí en cada una de mis Comuniones. Yo le insistía: "Señor, ¿no ves que somos uno? No

puedes estar en mí y no en él". Y entonces, ante el asombro de toda la familia, Antonio regresó. Lloraron, hablaron mucho, le perdonaron... Hoy se toma la medicación, siguen juntos y se aman. ¡Qué lección sobre lo que es el amor matrimonial, y qué brutal fe en la Santa Comunión! ¡Ay, querido lector...! Si todos los cónyuges dañados pensaran como Susana: ¡habría muchos menos matrimonios rotos!.