A quienes se quejan y consideran que la carga fiscal se ha vuelto cada vez más pesada, invariablemente se les presenta esta frase del Evangelio, aunque sin comprender su sentido profundo: «  Den al César lo que es del César...  » Con ello se quiere dar a entender que, sin importar lo que el Estado (César) exija en impuestos, hay que pagarlos sin protestar.

En el siguiente artículo, Louis Even nos ilumina sobre el verdadero significado que debe darse a esta frase del Evangelio, la cual en realidad pone un límite a las exigencias de César y abre posibilidades insospechadas.

Fue para tender una trampa a Jesús, buscando hacerle pronunciar un discurso comprometedor, que los fariseos le enviaron a sus discípulos junto con herodianos, partidarios de la política de Roma, para hacerle la siguiente pregunta:«  ¿Está permitido o no pagar el tributo al César?  » (Mateo 22,17)

El tributo, distinto de nuestros impuestos de ciudadanos libres, tenía un carácter de sometimiento: era la contribución impuesta por un vencedor a un vencido (Roma había conquistado Palestina por las armas).

Nuestro Señor comenzó desenmascarando la maniobra de los enviados: «  Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?  » Luego, después de que le mostraron la «  moneda del tributo  », sobre la cual aparecía la imagen de César, les dijo: «  Den, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.  »

Reducción del sentido

El objetivo habitual de quienes citan esta frase es insistir en el deber de pagar impuestos y contribuciones. Incluso lo hacen con gran elocuencia. La mayoría de las veces, además, se detienen en la primera mitad de la frase: la que se refiere a César. La otra parte, la referente a lo que pertenece a Dios, queda en la sombra, tan grande es la importancia, el espacio y el tiempo que César ocupa en sus discursos.

E incluso en esta primera parte de la cita, es muy raro escuchar que se destaque el carácter limitativo de las palabras «  lo que pertenece al César  ». Limitativo, porque no todo le pertenece.

Aparentemente, según los predicadores de los impuestos, habría que dar a César todo lo que pida. Sin embargo, los Césares tienen generalmente la costumbre de tener mucho apetito, sin preocuparse demasiado por saber si acaso existen cosas que son debidas a aquellos a quienes exprimen.

César, por supuesto, es el gobierno. O mejor dicho, los gobiernos, porque existen tantos Césares como niveles haya en la estructura política del país.

En Canadá: Césares municipales, Césares provinciales y un César federal. Mientras esperamos que se nos imponga un César «  supranacional  » con jurisdicción mundial, para coronar la pirámide.

Pero, ¿acaso una cosa «  pertenece al César  » simplemente porque él la exige?

Límites al poder de César

«  Dar al César lo que pertenece al César  » no debe invocarse para autorizar a César a tomar aquello que no le pertenece. Ni para permitirle quitarle al pueblo lo que pertenece al pueblo para entregárselo a Mamón. Y, sin embargo, hoy los gobiernos —todos los gobiernos— cometen estas dos faltas.

Si hay que dar a César lo que pertenece a César, primero y con mayor escrúpulo hay que dejar a la persona lo que pertenece a la persona y dejar a la familia lo que pertenece a la familia.

La persona tiene prioridad sobre todas las instituciones —financieras, económicas o políticas— e incluso prioridad sobre los mismos gobiernos. Nunca se repetirá demasiado esto, porque la idea contraria es generalmente la que prevalece en la práctica.

«  La persona humana debe ocupar el primer lugar entre las realidades terrenas.  » (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris)

«  Es la persona humana a quien Dios colocó en la cima del universo visible, haciéndola, tanto en economía como en política, la medida de todas las cosas.  » (Pío XII, carta al presidente de las Semanas Sociales de Francia, 14 de julio de 1946)

La persona nace en una familia. Es educada en una familia. La familia es la única sociedad temporal establecida directamente por Dios. Además, es la célula del cuerpo social.

Cuando un César —el César municipal— le quita a una familia la casa donde cría a sus hijos, por la sola razón de que esa familia no tiene suficiente dinero para pagar sus impuestos, ese César roba a esa familia un bien que le pertenece y que necesita para la vida normal de las personas que la componen. César se convierte en ladrón.

De la misma manera, cuando un César provincial o federal, mediante sus impuestos directos o indirectos, recorta los ingresos necesarios para la vida de una persona o de una familia, ese César roba a la persona y a la familia un bien que les pertenece. César se convierte en ladrón.

César no tiene ese derecho. No le está permitido vivir a expensas de la vida normal de la persona, en perjuicio de la vida de la familia, célula de la sociedad. Eso equivale a atentar contra la salud misma de la sociedad. Por la propia naturaleza de su función, César debe, por el contrario, proteger los derechos y los bienes de las personas y de las familias.

La parte de César

S Sin embargo, hay que dar a César lo que pertenece a César. Sí, concederle, no todo aquello de lo que quiera o pueda apoderarse, sino lo que verdaderamente le pertenece.

¿Y qué pertenece a César? Creemos poder definirlo así: Lo que César necesita para cumplir sus funciones.

Esta definición parece ser admitida implícitamente por el mismo César, por el gobierno, cuando dice a quienes se quejan de la carga de los impuestos: «  Mientras más cosas pide el pueblo al gobierno, más recursos necesita el gobierno para cumplirlas.  » Es cierto. Pero para cumplir sus propias funciones, César no debe recurrir a medios que impidan a las personas y a las familias cumplir las suyas.

Además, César siempre se siente tentado, para aumentar su importancia, a apropiarse de funciones que pertenecen mucho más a las familias y a los llamados organismos inferiores que a su propio ámbito. Y además, los ciudadanos recurrirían mucho menos a César si César comenzara por eliminar un obstáculo que solo él tiene el poder de eliminar: el obstáculo artificial creado por un sistema financiero en desacuerdo con las inmensas posibilidades de satisfacer las necesidades materiales normales de todos los individuos y de todas las familias del país.

Precisamente porque no realiza esta corrección, que solo él puede llevar a cabo, César sale de su papel, acumula funciones y se sirve de ello para imponer cargas pesadas, a veces ruinosas, a los ciudadanos y a las familias.

Así se convierte en instrumento de una dictadura financiera que debería derribar, y en opresor de ciudadanos y familias cuya vida y bienes está llamado a proteger.

La vida del individuo no pertenece a César, sino a Dios. Es un bien sobre el cual solo Dios tiene derecho, y que nadie —ni siquiera el propio individuo— tiene derecho a eliminar o acortar deliberadamente. Y si César, por sus abusos, acorta la vida de una persona o la coloca en condiciones que reducen sus días, entonces César toma aquello que no le corresponde, aquello que pertenece a Dios.

La persona y la familia son una creación de Dios, que César no debe destruir ni apropiarse, sino cuya integridad y derechos debe proteger contra cualquiera que intente atacarlos.

Pero César tiene, sin embargo, funciones que cumplir y que no pueden confiarse a particulares. Hay servicios y bienes materiales que solo César puede proporcionar adecuadamente: por ejemplo, un ejército para defender el país en caso de ataque, una policía para mantener el orden contra quienes quieran alterarlo, la construcción de carreteras, puentes y medios públicos de comunicación entre las diversas comunidades del país.

Es necesario proporcionar a César los medios para prestar estos servicios y ofrecer estas facilidades a la población.

Ciertamente. Pero ¿qué necesita César para hacerlo? Necesita recursos humanos y recursos materiales. Necesita emplear personas y utilizar materiales, fuerza motriz y otros medios de producción.

César necesita una parte de la capacidad de producción del país. Y en un régimen democrático, corresponde a los representantes legítimos del pueblo determinar qué parte de la capacidad productiva del país podrá destinarse a las necesidades de César.

Pensar en términos de realidades

Si queremos pensar de esta manera, en términos de realidades, admitiremos que no existe ninguna dificultad en conceder a César una parte de la capacidad de producción del país, dejando al mismo tiempo a disposición de las necesidades privadas una capacidad de producción capaz de responder ampliamente a todas sus necesidades normales.

Utilicemos la palabra « gravar » en su sentido amplio de « hacer contribuir ». Podremos decir que tanto las necesidades privadas como las necesidades públicas gravan (ponen a contribución) la capacidad productiva del país.

Cuando pido un par de zapatos, estoy utilizando la capacidad de producción de zapatos. Cuando el César provincial hace construir un kilómetro de carretera, utiliza la capacidad de producción de carreteras para una longitud de un kilómetro. Con la capacidad moderna de producción, no parece que la construcción de carreteras perjudique la fabricación de zapatos.

Es cuando dejamos de considerar la situación en términos de realidades y comenzamos a expresarnos en términos de dinero cuando empiezan las dificultades. El impuesto adquiere entonces otro aspecto y recae en otro lugar: en los bolsillos de las personas.

Si César grava mis ingresos con 60 dólares como contribución para su carretera, entonces me quita el equivalente a un par de zapatos para construirla. ¿Por qué sucede esto, cuando la capacidad productiva del país podía proporcionarle su carretera sin quitarme mi par de zapatos?

¿Por qué? Porque el sistema monetario distorsiona los hechos.

— Pero César debe pagar a los hombres que emplea. Debe pagar los materiales que compra a un productor de materiales.

— Ciertamente. Pero, en definitiva, ¿qué hace cuando paga, digamos, 400 dólares a un ingeniero? Le da a ese ingeniero el derecho a solicitar 400 dólares en productos o servicios a la capacidad productiva del país.

¿Es necesario, para satisfacer las necesidades del ingeniero, privarme de mi derecho a un par de zapatos? ¿No puede la capacidad productiva del país satisfacer las necesidades del ingeniero sin disminuir la producción de zapatos?

Ahí está todo el problema. Mientras la capacidad productiva del país no esté agotada, no existe ninguna necesidad de gravar al sector privado para sostener el sector público.

Ahora bien, la capacidad de producción del país está lejos de agotarse, cuando precisamente el problema actual consiste en encontrar empleo para brazos dispuestos a trabajar y para máquinas que permanecen inactivas.

Si los medios de pago crean un problema, es porque no corresponden a los medios de producción. Los permisos para acceder a la capacidad productiva son muy inferiores a la capacidad productiva disponible.

Esta escasez de permisos es una situación injustificable, sobre todo cuando el sistema monetario es hoy, como lo es actualmente, un sistema de cifras, una contabilidad. Si la contabilidad monetaria no corresponde a la capacidad de producción, no es culpa de los productores ni de quienes necesitan esa producción. Son los controladores del dinero y del crédito financiero quienes racionan los permisos frente a una capacidad de producción no utilizada que no pide otra cosa que servir.

Los ciudadanos no pueden corregir por sí mismos esta deformación de las realidades causada por el sistema financiero. Pero César sí puede hacerlo. Puesto que es César, puesto que tiene la responsabilidad y el poder de velar por el bien común, puede y debe ordenar a los controladores del sistema financiero que armonicen su mecanismo con la realidad.

Mientras César se niegue a realizar esta corrección, se convierte en servidor e instrumento de la dictadura financiera; renuncia a sus funciones, y los impuestos que exige bajo las condiciones de esta falsedad financiera no le son debidos. Douglas dijo acertadamente: « La tributación moderna es un robo legalizado. » César no tiene el derecho de legalizar un robo.

Nadie se niega a que César utilice una parte de la capacidad productiva del país para las necesidades públicas —al menos mientras no tome una parte tan grande que la parte restante ya no pueda satisfacer las necesidades privadas—. Y, una vez más, los parlamentos están ahí para velar por ello. Lamentablemente, los parlamentos también han llegado a limitar su visión a los límites impuestos por el sistema monetario.

Si toda la capacidad productiva del país estuviera representada por una capacidad financiera equivalente en manos de la población, entonces sí sería posible impedir de alguna manera que la población la utilizara completamente para sus necesidades privadas, para no privar a César de lo que necesita. 

Y aun así, incluso entonces, habría que hacerlo sin privar a las personas y a las familias de una parte suficiente al menos para cubrir sus necesidades esenciales: alimentación, vestido, vivienda, calefacción y atención médica.

Repitámoslo: no es esa la situación. No solamente la capacidad productiva del país se utiliza solo parcialmente, sino que colectivamente la población ni siquiera es capaz de pagar todo lo que produce. Las deudas privadas, industriales y públicas son una manifestación evidente de ello.

Mamón

Esta suma de deudas por producción realizada, más la suma de privaciones causadas por la falta de producción debido a la escasez de dinero, representan el sacrificio exigido por la dictadura financiera. Por Mamón.

Ahora bien, Mamón no es un César legítimo. No hay nada que devolver a Mamón, porque nada le pertenece legítimamente. Mamón es un intruso, un usurpador, un ladrón, un tirano.

Y Mamón se ha convertido en el soberano supremo, por encima de César, por encima de los Césares más poderosos del mundo. César se ha convertido en instrumento de Mamón, recaudador de impuestos para Mamón.

Si César necesita una parte de la capacidad productiva del país para cumplir sus funciones, también necesita desesperadamente vigilancia. Y debe ser reprendido cuando, en lugar de ser una institución al servicio del bien común, se convierte en servidor y lacayo de la tiranía financiera.

El gran desorden moderno, que se ha desarrollado como un inmenso cáncer mientras maravillosos avances en la producción deberían haber liberado a los hombres de las preocupaciones materiales, consiste en haberlo referido todo al dinero como si fuera una realidad. Consiste en haber dejado a ciertos individuos el derecho de regular las condiciones del dinero, no como contables de realidades, sino en función de sus propios beneficios y de la consolidación de su poder despótico sobre toda la vida económica.

El dinero nacido con la producción

Hubo otra ocasión, menos citada y sin embargo muy interesante, en la que Jesús se encontró con el tema de los impuestos. 

Y esta vez no se trataba de un tributo impuesto por un vencedor, sino de un impuesto establecido por la propia nación judía (Mateo 17, 24-26). 

Los recaudadores de ese impuesto fueron a ver a san Pedro y le preguntaron: « ¿Su maestro (Jesús) no paga el didracma del impuesto? »

Jesús dijo a Pedro: « Ve al mar, toma el primer pez que suba, ábrelo; encontrarás en su boca una moneda y la entregarás a los recaudadores por ti y por mí. » Pedro, pescador de profesión, resolvió muy bien el asunto.

En esa ocasión, el dinero nació junto con la producción. El gobierno no puede hacer milagros, pero sí puede ordenar el sistema monetario de manera que el dinero esté basado en la producción y relacionado con la producción.

Hacer calcular la capacidad productiva del país y, en consecuencia, calcular los medios de pago para ambos sectores: privado y público.

Eso estaría mucho más conforme con el bien común que abandonar el control del dinero y del crédito al arbitrio de los sumos sacerdotes de Mamón.

« Los controladores del dinero y del crédito se han convertido en dueños de nuestras vidas, y nadie puede respirar sin su permiso » (Pío XI, encíclica Quadragesimo Anno)

Nosotros rechazamos esta dictadura implacable de Mamón. Condenamos la degradación de César.

No reconocemos a un César « decaído de sus nobles funciones » el derecho de despojar a los individuos y a las familias para Mamón, ni para someterse a las reglas basadas en la codicia y la falsedad de Mamón.

La dictadura de Mamón es enemiga a la vez de César y de Dios, de la persona humana creada por Dios y de la familia instituida por Dios.

La revista San Miguel, con su solución de la Democracia Económica, trabaja para liberarse de esta dictadura. Al mismo tiempo, trabaja para liberar a César de su sometimiento.

En este sentido, está a la vanguardia de aquellos que, en la realidad concreta de la vida humana, desean dar al César lo que le pertenece, a la persona creada a imagen de Dios lo que le pertenece, a la familia instituida por Dios lo que le pertenece, y a Dios lo que pertenece a Dios.