El 28 de agosto de 2025, el Papa León XIV recibió a una delegación de funcionarios y personalidades civiles de la diócesis de Créteil, en peregrinación a Roma. A continuación, algunos fragmentos del discurso que les dirigió, que contiene sabios consejos para todo político que desee actuar conforme a la enseñanza de Cristo:
Me alegra acogerlos en este camino de fe: regresarán a sus compromisos cotidianos fortalecidos en la esperanza, más firmes para trabajar en la construcción de un mundo más justo, más humano, más fraterno, que no puede ser otra cosa que un mundo más impregnado del Evangelio. Ante las desviaciones de todo tipo que conocen nuestras sociedades occidentales, no podemos hacer nada mejor, como cristianos, que volvernos hacia Cristo y pedir su ayuda en el ejercicio de nuestras responsabilidades.
Por eso su iniciativa, más que un simple enriquecimiento personal, tiene gran importancia y utilidad para los hombres y mujeres a quienes ustedes sirven. Y es aún más meritoria porque no es fácil en Francia, para un funcionario electo, actuar y decidir en coherencia con su fe en el ejercicio de responsabilidades públicas, debido a una laicidad a veces mal entendida.
La salvación que Jesús obtuvo por su muerte y resurrección abarca todas las dimensiones de la vida humana, como la cultura, la economía y el trabajo, la familia y el matrimonio, el respeto por la dignidad humana y la vida, la salud, la comunicación, la educación y la política. El cristianismo no puede reducirse a una simple devoción privada, porque implica una manera de vivir en sociedad impregnada del amor a Dios y al prójimo, que en Cristo ya no es un enemigo, sino un hermano.
La caridad… nos hace amar el bien común y nos impulsa a buscar eficazmente el bien de todos (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 207). Por eso el responsable cristiano está mejor preparado para afrontar los desafíos del mundo actual, en la medida, por supuesto, en que viva y dé testimonio de su fe activa en él, de su relación personal con Cristo, quien lo ilumina y le da fortaleza. Jesús lo afirmó con fuerza: "¡Sin mí no pueden hacer nada!" (Jn 15, 5); por lo tanto, no debe sorprendernos que la promoción de "valores", por muy evangélicos que parezcan, pero vacíos de Cristo, su autor, sea incapaz de transformar el mundo.
El primer — y único — consejo que quiero darles es que se unan cada vez más a Jesús, que vivan de Él y den testimonio de Él. No hay separación en la personalidad de una persona pública: no existe, por un lado, el político y, por otro, el cristiano. Existe el político que, bajo la mirada de Dios y de su conciencia, vive cristianamente sus compromisos y responsabilidades.
Están llamados, por tanto, a fortalecerse en la fe, a profundizar en la doctrina —en particular la doctrina social— que Jesús enseñó al mundo, y a ponerla en práctica en el ejercicio de sus cargos y en la redacción de las leyes. Sus fundamentos están en profunda armonía con la naturaleza humana, con la ley natural que todos pueden reconocer, incluso los no cristianos, incluso los no creyentes. No deben temer proponerla y defenderla con convicción: es una doctrina de salvación que busca el bien de todo ser humano, la edificación de sociedades pacíficas, armoniosas, prósperas y reconciliadas.
Soy muy consciente de que el compromiso abiertamente cristiano de un responsable público no es fácil, especialmente en algunas sociedades occidentales donde Cristo y su Iglesia son marginados, a menudo ignorados, a veces ridiculizados. Tampoco ignoro las presiones, las consignas de partido, las "colonizaciones ideológicas" —para retomar una feliz expresión del Papa Francisco— a las que están sometidos los políticos. Se necesita valentía: la valentía de decir a veces "¡no, no puedo!", cuando está en juego la verdad. También aquí, solo la unión con Jesús —¡Jesús crucificado!— les dará ese valor de sufrir por su nombre. Él lo dijo a sus discípulos: "En el mundo tendrán tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).
Conserven la esperanza en un mundo mejor; mantengan la certeza de que, unidos a Cristo, sus esfuerzos darán fruto y obtendrán su recompensa. Los encomiendo, junto con su país, a la protección de Nuestra Señora de la Asunción, y les imparto de todo corazón la Bendición Apostólica.


