Rerum Novarum

El nombre que eligió el Papa actual, León XIV, trae inevitablemente a la actualidad el nombre de León XIII (foto a la derecha), Papa de 1878 a 1903, así como la principal carta encíclica que se le asocia, Rerum Novarum, escrita en 1891. Por primera vez, un Papa abordaba los problemas sociales y económicos de la época, marcando así el inicio de las encíclicas sociales de los Papas que, en las décadas siguientes, desarrollarían un conjunto de principios de justicia en toda la vida social, en las relaciones entre los individuos y gobiernos, trabajadores y empleadores, etc. 

Estos principios, elaborados y desarrollados desde León XIII hasta hoy, traerían felicidad a las personas, a las familias y a las naciones si fueran aplicados. A este conjunto de principios se le conoce como "doctrina social de la Iglesia". 

Salvo raras excepciones, cada encíclica escrita por un Sumo Pontífice se nombra a partir de las primeras palabras del texto en latín. Así, la encíclica de León XIII de 1891 comienza de esta manera: "La sed de innovaciones una vez suscitada", que en latín se dice: Rerum novarum semel excitata cupidine. Las palabras "rerum novarum" significan literalmente en latín "cosas nuevas", sinónimo de "innovaciones". 

La sociedad de 1891 efectivamente enfrentaba una situación nueva, consecuencia de la revolución industrial. La encíclica de León XIII condenaba tanto la pobreza que pesaba sobre la mayor parte de la clase obrera como los movimientos políticos de inspiración socialista y marxista, que pretendían falsamente liberar a los trabajadores. Sin embargo, León XIII denunciaba también los excesos del capitalismo y las condiciones injustas de los trabajadores, alentando, entre otras cosas, la creación de sindicatos cristianos y el catolicismo social.

Primera de una larga lista

Los Papas que sucedieron a León XIII desarrollaron esta enseñanza social de acuerdo con las nuevas condiciones y circunstancias de la sociedad, con documentos —encíclicas salvo algunas excepciones— escritos cada diez años para conmemorar los aniversarios de Rerum Novarum. 

El 15 de mayo de 1931, cuarenta años exactos después de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, una segunda encíclica social fue publicada por el Papa Pío XI, con el nombre de Quadragesimo Anno, palabras latinas que significan cuarenta años. Escrita en el contexto de la crisis económica mundial de 1929, esta encíclica, sobre "la restauración del orden social", aportó numerosas novedades al marco ya trazado por León XIII, desarrollando, por ejemplo, el principio de subsidiariedad. 

Fue también en esta encíclica donde por primera vez se utilizó la expresión "doctrina social de la Iglesia" para designar la enseñanza social de los Papas. Y sobre todo, es la encíclica que hasta hoy ha utilizado las palabras más fuertes para denunciar el funcionamiento del sistema financiero actual: 

"Quienes son poseedores y dueños del dinero, gobiernan el crédito y lo dispensan según su antojo. De este modo, distribuyen en cierto modo la sangre al organismo económico cuya vida tienen en sus manos, de tal manera que, sin su consentimiento, nadie puede ya respirar".

El 1 de junio de 1941, domingo de Pentecostés, el Papa Pío XII escribió, no una encíclica, sino un radiomensaje con ocasión del 50 aniversario de Rerum Novarum, subrayando en particular el derecho de todos a los bienes materiales. 

El 15 de mayo de 1961, con motivo del 70 aniversario de Rerum Novarum, el Papa San Juan XXIII publicó la encíclica Mater et Magistra (La Iglesia madre y educadora), sobre "la evolución reciente de la cuestión social a la luz de los principios cristianos", que habla, entre otros temas, de la multiplicación de formas de asociaciones que permiten satisfacer mejor las necesidades humanas. 

El 14 de mayo de 1971, con ocasión de los 80 años de Rerum Novarum, el Papa San Pablo VI publicó la carta apostólica Octogesima adveniens (80 aniversario), hablando del nacimiento de la era posindustrial y de los nuevos problemas sociales que la acompañan. 

El 15 de septiembre de 1981, con motivo del 90 aniversario de Rerum Novarum, el Papa San Juan Pablo II publicó la encíclica Laborem Exercens sobre el trabajo humano, reflexionando sobre el hombre y el trabajo, así como la cuestión del desempleo. La encíclica debía publicarse el 15 de mayo, aniversario de Rerum Novarum, pero el atentado del 13 de mayo de 1981 contra el Santo Padre retrasó su publicación algunos meses. 

El 15 de mayo de 1991, exactamente cien años después de la publicación de Rerum Novarum, el Papa San Juan Pablo II publicó la encíclica Centesimus Annus (el centenario), recordando toda la enseñanza social de la Iglesia desde León XIII, el fracaso del comunismo y los límites del capitalismo liberal. 

A esta lista, sobre el mismo tema, hay que añadir también la Constitución pastoral Gaudium et Spes (gozo y esperanza) sobre la Iglesia y el mundo actual, promulgada el 8 de diciembre de 1965, especialmente su tercer capítulo sobre la vida económico-social. 

Y se puede incluir también en esta lista la encíclica Laudato si'(en italiano, "Alabado seas, Señor") del Papa Francisco, publicada el 24 de mayo de 2015, domingo de Pentecostés, sobre "el cuidado de la casa común", abogando por una "ecología integral" que tenga en cuenta ante todo al ser humano.

El desarrollo de los pueblos

Dos años después del Concilio Vaticano II, se publicó una encíclica sobre un tema específico de la doctrina social, formando una nueva categoría en sí misma, cuya importancia también sería subrayada más tarde por las encíclicas de otros Sumos Pontífices, publicadas para el aniversario de esta encíclica: 

El 26 de marzo de 1967, domingo de Pascua, el Papa San Pablo VI publicó la encíclica Populorum Progressio sobre el desarrollo de los pueblos, hablando de la creciente desigualdad entre los países del hemisferio norte del planeta y los del sur, muchos países del Tercer Mundo que habían obtenido recientemente su independencia política, pero sin los medios financieros. Pablo VI aboga por un "desarrollo integral", es decir, de todos los hombres y de todo el hombre, y afirma que "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz". 

El 30 de diciembre de 1987, para conmemorar los 20 años de Populorum Progressio, el Papa San Juan Pablo II publicó la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (El interés activo que la Iglesia tiene por la cuestión social), señalando que desde 1967 la diferencia entre ricos y pobres había aumentado, y que incluso existía pobreza en los países superdesarrollados. La encíclica desarrolla la categoría teológica de "estructuras de pecado" y establece con gran claridad lo que es la doctrina social de la Iglesia. 

El 29 de junio de 2009, para el 40 aniversario de Populorum Progressio, el Papa Benedicto XVI publicó la encíclica Caritas in Veritate, sobre el desarrollo humano en la caridad y la verdad. (Benedicto XVI menciona que la publicación de la encíclica debió posponerse 2 años, para tener en cuenta la crisis económica de 2007 y 2008.) El Santo Padre habla allí de la globalización, la deslocalización de empresas (que se establecen en países donde los salarios son más bajos), el desarrollo sostenible y la crisis financiera mundial.

¿Por qué una doctrina social?

Si la Iglesia interviene en las cuestiones sociales y ha desarrollado un conjunto de principios conocidos como "doctrina social de la Iglesia", es esencialmente porque, como decía el Papa Benedicto XV, "es en el terreno económico donde está en peligro la salvación de las almas". Su sucesor inmediato, el Papa Pío XI, escribía también:

"Es exacto decir que tales son actualmente las condiciones de la vida económica y social que un número muy considerable de hombres encuentra en ellas las mayores dificultades para realizar la obra, la única necesaria, de su salvación". (Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931).

Pío XII se expresaba de manera semejante: "¿Cómo podría permitirse a la Iglesia, Madre tan amante y preocupada por el bien de sus hijos, permanecer indiferente ante sus peligros, callar o fingir no ver y no comprender las condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos del Soberano Legislador?" (Radiomensaje del 1 de junio de 1941). Y así hablan todos los Papas, incluido León XIV hoy.

El 25 de octubre de 2004, el Pontificio Consejo Justicia y Paz publicó el "Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia", que presenta de manera sistemática esta doctrina. Allí se puede leer: 

"La doctrina social de la Iglesia es parte integrante del ministerio de evangelización de la Iglesia. Todo lo que concierne a la comunidad de los hombres —situaciones y problemas relativos a la justicia, a la liberación, al desarrollo, a las relaciones entre los pueblos, a la paz— no es ajeno a la evangelización, y ésta no sería completa si no tuviera en cuenta la llamada recíproca que se lanzan continuamente el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. (n. 66). La Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de la fe: de la verdad no sólo del dogma, sino también de la moral que se deriva de la naturaleza humana y del Evangelio. (n. 70)

"Por un lado, hay que evitar'el error que consiste en reducir el hecho religioso al ámbito puramente privado'; por otro lado, no se puede orientar el mensaje cristiano hacia una salvación puramente ultraterrena (del otro mundo), incapaz de iluminar la presencia en la tierra.'En razón del valor público del Evangelio y de la fe y a causa de los efectos perversos de la injusticia, es decir, del pecado, la Iglesia no puede permanecer indiferente ante los asuntos sociales.'Corresponde a la Iglesia anunciar en todo tiempo y lugar los principios de la moral, incluso en lo que concierne al orden social, así como emitir un juicio sobre toda realidad humana, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas'." (Canon 747, n. 2).

Cuatro principios básicos

La doctrina social de la Iglesia puede resumirse en cuatro principios, o cuatro "columnas", sobre las cuales todo sistema en la sociedad debe basarse. Se puede leer en los párrafos 160 y 161 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia lo siguiente: "Los principios permanentes de la doctrina social de la Iglesia constituyen los verdaderos fundamentos de la enseñanza social católica, a saber: 

1. El principio de la dignidad de la persona humana, que se el fundamento de todos los demás principios y del contenido de la Doctrina Social;

2. el bien común;

3. la subsidiaridad;

4. la solidaridad."

La primacía de la persona humana

La doctrina social de la Iglesia puede resumirse en este principio básico, la primacía de la persona humana: "La doctrina social cristiana tiene como luz la Verdad, como objetivo la Justicia y como fuerza dinámica el Amor... Su principio básico es que los seres humanos son y deben ser fundamento, fin y sujetos de todas las instituciones donde se manifiesta la vida social." (Juan XXIII, encíclica Mater et Magistra, 15 de mayo de 1961, nn. 219 y 226.) 

Todos los sistemas deben estar al servicio del hombre, incluidos los sistemas financieros y económicos. San Juan Pablo II escribía en su primera encíclica, Redemptor hominis (4 de marzo de 1979, n. 16):

 "Las indispensables transformaciones de las estructuras económicas (...) la miseria frente a la abundancia que pone en entredicho las estructuras y mecanismos financieros (…) El hombre no puede renunciar a sí mismo ni al lugar que le es propio en el mundo visible, no puede convertirse en esclavo de las cosas, esclavo de los sistemas económicos, esclavo de sus propios productos." 

El 26 de septiembre de 1985, San Juan Pablo II dirigió el siguiente mensaje a la 6ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, que tuvo lugar en Ginebra, Suiza: 

"Deseo abordar una cuestión delicada y dolorosa. Quiero hablar del tormento de los responsables de varios países que ya no saben cómo enfrentar el angustiante problema del endeudamiento (...). Una reforma estructural del sistema financiero mundial es sin duda una de las iniciativas más urgentes y necesarias." 

Por lo tanto, el objetivo de los sistemas económicos y financieros, según la Iglesia, es también el servicio al hombre. El propósito fin del sistema económico es la satisfacción de las necesidades humanas. Esto lo recuerda Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno (n. 75): 

"El organismo económico y social estará sanamente constituido y alcanzará su fin, sólo cuando provea a todos y cada uno de sus miembros, todos los bienes que los recursos de la naturaleza y de la industria, así como la organización verdaderamente social de la vida económica, ofrecen. 

"Estos bienes deben ser lo suficientemente abundantes para satisfacer las necesidades de una subsistencia honesta y para elevar a los hombres a ese grado de bienestar y de cultura que, siempre que se use sabiamente, no pone obstáculo a la virtud, sino que facilita singularmente su ejercicio."

El bien común

Pasemos ahora al segundo principio o "columna" de la doctrina social de la Iglesia: el bien común. Por bien común se entiende: "ese conjunto de condiciones sociales que permiten, tanto a los grupos como a cada uno de sus miembros, alcanzar su perfección de una manera más plena y más fácil". (Gaudium et Spes, 26.) 

Se puede leer en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en el n.167: El bien común compromete a todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según sus propias capacidades, en la realización y desarrollo de este bien… Todos tienen también derecho a beneficiarse de las condiciones de vida social que resultan de la búsqueda del bien común. La enseñanza de Pío XI sigue siendo muy actual: "Es necesario, por tanto, atribuir a cada uno lo que le corresponde y reconducir a las exigencias del bien común o a las normas de la justicia social, la distribución de los recursos de este mundo, cuyo flagrante contraste entre un puñado de ricos y una multitud de indigentes atestigua en nuestros días, a los ojos del hombre de corazón, los graves desórdenes." (Encíclica Quadragesimo Anno, 197.)

Los números de los párrafos siguientes hacen referencia a los párrafos del Compendio citado anteriormente.

168. La responsabilidad de edificar el bien común compete, además de las personas particulares, también al Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política. (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1910.)  El Estado, en efecto, debe garantizar cohesión, unidad y organización a la sociedad civil de la que es expresión,356 de modo que se pueda lograr el bien común con la contribución de todos los ciudadanos. La persona concreta, la familia, los cuerpos intermedios no están en condiciones de alcanzar por sí mismos su pleno desarrollo; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas, cuya finalidad es hacer accesibles a las personas los bienes necesarios —materiales, culturales, morales, espirituales— para gozar de una vida auténticamente humana. El fin de la vida social es el bien común históricamente realizable.

170. El bien común de la sociedad no es un fin autárquico; tiene valor sólo en relación al logro de los fines últimos de la persona y al bien común de toda la creación. Dios es el fin último de sus criaturas y por ningún motivo puede privarse al bien común de su dimensión trascendente, que excede y, al mismo tiempo, da cumplimiento a la dimensión histórica.

La destinación universal de los bienes

171. Entre las múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato relieve el principio del destino universal de los bienes: « Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad ». (Gaudium et Spes, 69.) Este principio se basa en el hecho que « el origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que ha creado al mundo y al hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine con su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1,28-29). 

Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes de la tierra… La persona, en efecto, no puede prescindir de los bienes materiales que responden a sus necesidades primarias y constituyen las condiciones básicas para su existencia; estos bienes le son absolutamente indispensables para alimentarse y crecer, para comunicarse, para asociarse y para poder conseguir las más altas finalidades a que está llamada. (Cf. Pío XII, Radiomensaje del 1 de junio de 1941.)

172. El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bienes, es el « primer principio de todo el ordenamiento ético-social » (Juan Pablo II, encíclica Sollicitudo Rei Socialis, 42.)

La pobreza frente a la abundancia

Dios puso en la tierra todo lo necesario para alimentar a todos. Pero por falta de dinero, los productos no pueden llegar a quienes tienen hambre: montañas de productos se acumulan frente a millones que mueren de hambre. Es el paradoja de la miseria frente a la abundancia: 

"Evidentemente, un defecto fundamental o más bien un conjunto de defectos, más aún, un mecanismo defectuoso está en la base de la economía contemporánea y de la civilización materialista, que no permite a la familia humana alejarse, yo diría, de situaciones tan radicalmente injustas." (Juan Pablo II, encíclica Dives in Misericordia, 30 de noviembre de 1980, n. 11.)

La pobreza frente a la abundancia… "representan como el gigantesco desarrollo de la parábola bíblica del rico epulón y del pobre Lázaro. La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas… Nos encontramos ante un grave drama que no puede dejarnos indiferentes." (Juan Pablo II, encíclica Redemptor Hominis, n. 16.)

Reforma del sistema financiero

Los Papas denuncian la dictadura del dinero escaso y piden una reforma de los sistemas financieros y económicos, el establecimiento de un sistema económico al servicio del hombre:

"Es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros." (Juan Pablo II, encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 16.) 

"Hago un llamado a todos los responsables de poder para que juntos se esfuercen en encontrar las soluciones a los problemas actuales, lo que supone una reestructuración de la economía de manera que las necesidades humanas prevalezcan siempre sobre la ganancia financiera." (Juan Pablo II a los pescadores de St. John's, Terranova, 12 de septiembre de 1984.)

El principio de subsidiaridad

Llegamos ahora al tercer principio de la doctrina social de la Iglesia: la subsidiaridad. Los niveles superiores de gobierno no deben hacer lo que los niveles inferiores, más cercanos al individuo, pueden hacer. Es lo contrario de la centralización —y de su aplicación más extrema, un gobierno mundial donde se abolirían todos los gobiernos nacionales—. Este principio de subsidiariedad significa también que los gobiernos existen para ayudar a los padres, no para reemplazarlos. Se puede leer en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: 

186. La exigencia de tutelar y de promover las expresiones originarias de la sociabilidad es subrayada por la Iglesia en la encíclica Quadragesimo anno (n. 203), en la que el principio de subsidiaridad se indica como principio importantísimo de la « filosofía social »: « Como no se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos 

Con base en este principio, todas las sociedades de orden superior deben adoptar una actitud de ayuda ("subsidium"), es decir, de apoyo, promoción y desarrollo, en relación con las sociedades de orden inferior. De esta manera, los cuerpos sociales intermedios pueden cumplir adecuadamente las funciones que les corresponden, sin tener que cederlas injustamente a otros grupos sociales de nivel superior, los cuales terminarían por absorberlos, reemplazarlos y, en última instancia, negarles su dignidad y su espacio vital.

A la subsidiaridad entendida en sentido positivo, como ayuda económica, institucional o legislativa ofrecida a las entidades sociales más pequeñas, corresponde una serie de implicaciones en sentido negativo, que imponen al Estado abstenerse de todo aquello que restrinja, de hecho, el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad. Su iniciativa, su libertad y su responsabilidad no deben ser suplantadas.

El Estado del bienestar

Como lo explica Louis Even en uno de sus artículos: "Para cumplir con sus propias funciones, César (el Estado) no debe recurrir a medios que impidan a las personas y a las familias cumplir con las suyas... Porque al no realizar esta corrección, que solo él puede realizar (romper el monopolio de la creación del dinero por los bancos privados y crear él mismo, para la nación, su propio dinero sin deuda), César se sale de su papel, acumula funciones, se arroga derechos para imponer cargas pesadas, a veces ruinosas, a los ciudadanos y a las familias. Así se convierte en el instrumento de una dictadura financiera que debería destruir."

Estas funciones que el Estado acumula, en lugar de corregir el sistema financiero, crean una burocracia monstruosa, con un ejército de funcionarios que molestan más a los ciudadanos de lo que los sirven. En su encíclica Centesimus annus (n. 48), el papa Juan Pablo II denuncia estos excesos del "Estado del bienestar":

Corregir el sistema financiero es, sin duda, uno de los deberes del Estado, es decir, que el dinero debe ser emitido por la sociedad, y no por banqueros privados para su propio beneficio, como lo escribió Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno:

« Hay ciertas categorías de bienes respecto de las cuales puede sostenerse con razón que deben ser reservados a la colectividad cuando llegan a conferir un poder económico tal que no puede, sin peligro para el bien público, dejarse en manos de personas privadas. »

La familia, primera sociedad

El principio de subsidiaridad implica también que los padres tienen precedencia sobre el Estado, y que los gobiernos no deben destruir las familias ni la autoridad de los padres. Como enseña la Iglesia, los hijos pertenecen a los padres, y no al Estado:

"Al igual que la sociedad civil, la familia es una sociedad propiamente dicha, con su propia autoridad y su propio gobierno: la autoridad y el gobierno paternos... La sociedad doméstica tiene sobre la sociedad civil una prioridad lógica y una prioridad real... Pretender, por tanto, que el poder civil invada arbitrariamente hasta el santuario de la familia es un error grave y funesto... La autoridad paterna no puede ser abolida ni absorbida por el Estado... Así, al sustituir la providencia paterna por la providencia del Estado, los socialistas van contra la justicia natural y rompen los lazos de la familia." (León XIII, encíclica Rerum novarum, nn. 12-14)

El principio de solidaridad

La solidaridad —cuarto principio de la doctrina social de la Iglesia— es otra palabra para designar el amor al prójimo. Como cristianos, debemos preocuparnos por el destino de todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo, porque será sobre ese amor al prójimo que seremos juzgados al final de nuestra vida en esta tierra: 

"Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres… Mientras tanto, los pobres quedan confiados a nosotros y en base a esta responsabilidad seremos juzgados al final (cf. Mt 25,31-46): « Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos »." (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 183).

El deber de todo cristiano

Es un deber y una obligación para todo cristiano trabajar en el establecimiento de la justicia y de un mejor sistema económico:

"Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombre, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la voluntad de Dios Creador." (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 30.) 

"La tarea no es imposible. El principio de solidaridad, en sentido amplio, debe inspirar la búsqueda eficaz de instituciones y de mecanismos adecuados, tanto en el orden de los intercambios, donde hay que dejarse guiar por las leyes de una sana competición, como en el orden de una más amplia y más inmediata repartición de las riquezas…" (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 16.)

Por supuesto, existen varias maneras de ayudar a nuestros hermanos necesitados: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, alojar a los sin techo, visitar a los enfermos y a los presos, etc. Algunos enviarán donaciones a organizaciones de caridad, sea para ayudar a pobres de aquí o del Tercer Mundo. Pero si esas donaciones pueden aliviar a algunos pobres durante algunos días o semanas, no eliminan las causas de la pobreza. 

Lo que es infinitamente mejor es corregir el problema en su origen, atacar las causas mismas de la pobreza y restablecer a cada ser humano en sus derechos y su dignidad de persona creada a imagen de Dios, con derecho al menos a lo necesario para vivir:

 "Más que nadie, quien está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, encontrar los medios para combatirla, vencerla resueltamente. Hacedor de paz, seguirá su camino, encendiendo la alegría y derramando la luz y la gracia en el corazón de los hombres sobre toda la faz de la tierra, haciéndoles descubrir, más allá de todas las fronteras, rostros de hermanos, rostros de amigos." (Pablo VI, encíclica Populorum progressio, 75.)

Lo que se necesita son apóstoles para educar a la población sobre la doctrina social de la Iglesia y sobre medios, soluciones concretas para aplicarla (como las propuestas financieras de la Democracia económica, enseñadas por la revista San Miguel). San Pablo VI escribía, siempre en Populorum Progressio (n. 86): 

"Todos ustedes que han oído el llamado de los pueblos que sufren, todos ustedes que trabajan para responder a él, son los apóstoles del buen y verdadero desarrollo que no es la riqueza egoísta y amada por sí misma, sino la economía al servicio del hombre, el pan cotidiano distribuido a todos, como fuente de fraternidad y signo de la Providencia."

Y en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, el Papa Juan Pablo II escribía (n. 38): 

"Tales « actitudes y estructuras de pecado » (la sed de dinero y de poder) solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo."

Principios y aplicación

La Iglesia no puede permanecer indiferente ante situaciones como el hambre en el mundo y el endeudamiento, que ponen en peligro la salvación de las almas, y por eso pide una reforma de los sistemas financieros y económicos, para que estén al servicio del hombre. La Iglesia presenta entonces los principios morales sobre los cuales debe ser juzgado todo sistema económico y financiero. 

Y para que esos principios se apliquen de manera concreta, la Iglesia hace un llamado a los fieles laicos —cuyo papel propio, según el Concilio Vaticano II, es justamente renovar el orden temporal y ordenarlo según el plan de Dios— para trabajar en la búsqueda de soluciones concretas y el establecimiento de un sistema económico conforme a la enseñanza del Evangelio y a los principios de la doctrina social de la Iglesia. 

Un sistema económico será bueno o no en la medida en que aplique estos principios de justicia enseñados por la Iglesia. "Esta es una de las razones por las que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista... dos concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de los pueblos, de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical." (Papa Juan Pablo II,  encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 21.)

Es fácil de comprender por qué la Iglesia condena el comunismo, o colectivismo marxista que, como recordaba el Papa Pío XI, es "intrínsecamente perverso" y anticristiano (encíclica Divini Redemptoris, 19 de marzo de 1937), puesto que su objetivo declarado es la destrucción completa de la propiedad privada, de la familia y de la religión. Pero ¿por qué condenaría la Iglesia el capitalismo? ¿No sería el capitalismo mejor que el comunismo? Eso lo veremos en el siguiente artículo, La Democracia económica vista a la luz de la doctrina social de la Iglesia.