Dios multiplica el pan, nosotros debemos distribuirlo
En este artículo, voy a hablarles de la seguridad económica. Seguridad significa estar a salvo. La seguridad política, por ejemplo, protege contra las incursiones de países extranjeros, en lo que respecta a la nación. Protege contra los malhechores y ladrones, en lo que respecta a los ciudadanos dentro de un país. Eso es la seguridad política.
No carecer de lo necesario.
Cuando hablamos de lo económico, hablamos de la satisfacción de las necesidades materiales. La seguridad económica significa, entonces, tener la tranquilidad de espíritu en cuanto a lo necesario para la vida, no tener miedo de carecer de lo indispensable.
La ausencia de preocupación material no quiere decir, evidentemente, que no haya que ocuparse de las cosas materiales, que no haya que producir lo necesario. No; significa que, una vez que se ha hecho lo que normalmente es posible, lo que uno es capaz de hacer con los medios de producción de que dispone, debería estar al menos asegurado de tener lo necesario, sobre todo cuando lo necesario no falta, y está lejos de faltar.
Ahora bien, lo necesario no falta: ni en el país, ni, si miramos al mundo entero, en la extensión del universo. Puede haber países en dificultades, pero hay otros en sobreabundancia.
Y no deberíamos tener que preocuparnos. ¿Por qué entonces no podemos seguir el consejo que nos dio Nuestro Señor: "No se preocupen por lo que comerán, ni por lo que vestirán... Miren las aves del cielo: no trabajan, no siembran ni cosechan; y sin embargo, su Padre celestial las alimenta. Lo mismo con los lirios del campo: no hilan, y sin embargo, superan en esplendor a los más bellos vestidos de Salomón en toda su gloria... Su Padre celestial sabe lo que necesitan." (Mateo 6, 25-32)
Exactamente. Nuestro Padre celestial, que es nuestro Creador, ha puesto en la tierra todo lo necesario para satisfacer las necesidades de toda la humanidad. No es que haya puesto todas las cosas ya hechas en un solo lugar; pero si se observa la superficie del globo, Él puso lo suficiente en la tierra, bajo la tierra, bajo el suelo, en el mar, en los bosques, en todas partes, para satisfacer todas las necesidades normales de la humanidad a lo largo de los siglos.
Eso lo sabemos; nadie puede negarlo. Pero ¿para quién hizo Dios todas esas cosas? Puesto que Él es el Padre de todos los hombres, las hizo para todos los hombres.
Los bienes de la tierra fueron creados para todos los hombres: es algo que debemos recordar a quienes lo olvidan, a los gobiernos, a los particulares, a las asociaciones, a todos los grupos, a todos los individuos. El Papa Pío XII nos lo recordó en su radiomensaje de Pentecostés de 1941: "Los bienes creados por Dios fueron hechos para todos los hombres y deben estar a disposición de todos."
Está claro: "para todos los hombres". El hombre es una persona, pero es una persona sociable, una persona que vive en sociedad; por lo tanto, debe encontrar la realización de su persona en la sociedad. Lo social no debe sofocarlo, sino enriquecerlo. Y, a su vez, cuando la persona se realiza, enriquece a la sociedad.
Existe una circulación de bienes de la persona hacia la sociedad, y de la sociedad hacia la persona, cuando no hay trabas ni impedimentos. Y sin embargo, ¿qué vemos hoy? Incluso dentro de países de abundancia como Canadá, Estados Unidos, los países de Europa occidental y otros, vemos que efectivamente hay abundancia, pero también casos de miseria, familias que no solo carecen de abundancia, no solo de comodidad, sino que carecen de lo necesario, y que se ven obligadas a mendigar o a solicitar ayuda de los gobiernos, y aun así esa ayuda se concede con cuentagotas.
Hoy los hombres destacan en la producción. Son excelentes en producir: se consigue lo que se quiere en cuanto a producción —no digo que esté en todas las casas— pero en el mercado hay lo que uno desee. Si uno pide un ataúd, hay un ataúd; si uno pide un automóvil, hay un automóvil; si uno pide pan, hay pan —con tal de tener el medio eficaz de pedirlo en el mundo actual, que se llama dinero. Pero ahí está el obstáculo, y de ello hablaremos más adelante.
Si los hombres destacan en producir, fracasan lamentablemente en distribuir. ¿Y por qué fracasan en distribuir? Porque ellos mismos se han impuesto reglamentos, reglas para la distribución de los bienes. Y esas reglas están regidas por las finanzas. Son reglas financieras.
Es imposible obtener bienes que uno no ha producido por sí mismo, a menos que los pague. Y lo mismo para los demás. Y si uno es incapaz de producir porque no posee medios de producción —hoy en día hay mucha gente que no posee medios de producción: incluso aquellos que trabajan en la producción no saben cuánto tiempo durará su empleo; todos están en la cuerda floja. Su trabajo no depende de ellos, ni de su voluntad, depende de circunstancias ajenas a su voluntad. Y no de circunstancias naturales, sino de circunstancias artificiales, creadas por el sistema financiero.
No me extenderé sobre este tema ahora, porque es bien conocido. Se pueden hacer cosas, pero cuando no se producen, es porque no hay financiamiento para la producción. Y cuando ya están hechas, si no se consiguen en los hogares, es porque no hay dinero en los hogares para obtenerlas.
El objetivo de la producción
Se diría que la producción existe para ser vendida, para ser comprada; pero ese no es el objetivo de la producción. La producción existe para satisfacer las necesidades humanas, o no tiene razón de ser. Si existe un sistema de ventas y compras que se ha establecido, puede ser algo bueno, no critico su existencia, ya que permite a los individuos que tienen dinero escoger de la producción lo que les conviene. Y cuando eligen lo que les conviene, el sistema de producción reproduce lo que se compró, de modo que la producción puede servir a los consumidores cuando estos tienen el medio de expresar financieramente lo que quieren tener para satisfacer sus necesidades personales. Y ellos conocen sus necesidades mejor que los demás.
Es, pues, un buen sistema en sí mismo el sistema del dinero, de ventas y compras, con la condición de que permita que los productos lleguen a todos los hombres, para cumplir con el objetivo de la producción, para cumplir con el objetivo del Creador en la creación: "Los bienes creados por Dios fueron hechos para todos los hombres." Sea cual sea el método empleado, debe cumplir con ese resultado. Si no lo cumple, es que es malo o está viciado. Y en ese caso, hay que cambiarlo o corregirlo. No hay otra salida.
Algunos dirán que son las reglas financieras, y que no se puede hacer nada. Las finanzas no son la esencia, no son el objetivo de la producción. La esencia de la economía es producir bienes, y llevarlos a quienes los necesitan; nada más que eso. ¿Quieren un ejemplo que nos dé una idea de la noción esencial de lo económico? y no toda esa jerga actual, como crisis financiera, crisis económica, coyuntura económica— toda esa palabrería no sirve de nada?
La multiplicación de los panes
¿Quieren un ejemplo? Pues vamos a buscarlo en el Evangelio. Algunas personas se sobresaltarán diciendo: "¿Cómo? ¡Quieren buscar cosas materiales en el Evangelio!" Escuchen, el ejemplo que voy a dar no significa que sea la única enseñanza que se puede sacar; pero se puede sacar esta enseñanza también.
¿Cuál es ese ejemplo? La multiplicación de los panes. Todos conocen el hecho: hay dos circunstancias relatadas en el Evangelio en las que Nuestro Señor alimentó a una multitud con pocas cosas. Por ejemplo, el Evangelio según san Mateo (15, 32-39), que relata la ocasión en la que había unos 4000 hombres, sin contar mujeres y niños. Estas personas habían seguido a Nuestro Señor todo el día, y parte del día anterior, no habían comido en mucho tiempo. Llegaba la tarde, y los Apóstoles querían despedir a la gente, pero Jesús no quería que los despidieran en ayunas porque, decía Él, se desmayarían en el camino. Me parece que era un aspecto muy material lo que expresaba Nuestro Señor ahí.
Entonces, ¿qué hizo Nuestro Señor? Les pidió a Sus Apóstoles que les dieran de comer.
— "¡No podemos, no hay suficiente!"
— "¿Cómo, no tienen comida aquí?"
— "No, y además las tiendas están demasiado lejos."
— "¿Qué tienen aquí?"
— "Oh, hay un niño que tiene siete panes, y otro que tiene unos cuantos peces."
Nuestro Señor respondió: "Tráiganmelos." Se los llevaron, los bendijo, y dijo a los Apóstoles: "Distribuyan." Ese es el hecho.
Y cuando los Apóstoles terminaron de distribuir, y la gente terminó de comer todo lo que quería, aún recogieron siete canastos de pedazos de pan que sobraron, lo que significa que había más pan después que al principio.
Se dirá que fue un milagro. Sí, hubo un milagro de producción. Ese milagro lo hizo Nuestro Señor.
Y después, ¡hubo la distribución! Y el pan no fue vendido. Y el pan no fue comprado. Pero aun así, el pan llegó a quienes tenían hambre. Y Nuestro Señor dijo a los Apóstoles: "Distribuyan." No es difícil distribuir cuando la producción ya está hecha. Los Apóstoles hicieron lo fácil.
Hoy no hacen falta milagros para multiplicar el pan: la producción moderna se encarga de ello, con todo el progreso realizado durante siglos. La producción abunda: eso, lo difícil, ya está hecho. Lo fácil, distribuir, no se logra.
Lo humano antes que la finanza
¿Por qué? Una vez más, por el sistema financiero que nos hemos impuesto. Pues bien, lo humano va antes que las finanzas, la persona antes que el dinero, y los gobiernos, los pueblos, deben establecer un orden que permita que la producción llegue a las necesidades. Eso es lo que el Papa Pío XII repetía en el mismo radiomensaje citado anteriormente:
"Todo hombre, en cuanto ser dotado de razón, tiene por naturaleza el derecho fundamental de usar de los bienes materiales de la tierra, aunque quede a la voluntad humana y a las formas jurídicas de los pueblos reglamentar en detalle la realización práctica de este derecho."
"Por naturaleza": en otras palabras, por nacimiento, no porque tenga empleo, no porque sea inteligente, no porque sea grande, no porque sea rico. "Todo hombre, en cuanto ser dotado de razón, tiene por naturaleza el derecho fundamental de usar de los bienes materiales de la tierra." Lo tiene por su naturaleza. No es un derecho que le otorgará el gobierno, ni el sistema financiero: ya posee ese derecho.
Y para garantizar este derecho, el Papa nos recuerda que está en la libre voluntad de los pueblos establecer los métodos para ello. Él lo llama "establecer las formas jurídicas"; es decir, establecer un orden jurídico, un orden social, político, que permita que la producción llegue a todas las necesidades.
¿Tenemos eso hoy? Lamentablemente, no. ¿Por qué? ¿Acaso los pueblos no tienen la libertad de establecerlo? Sí, pero no lo establecen. Hay ciertas personas que tienen lo suficiente, y aun así, no es seguro que siempre lo tengan.
El Papa Pío XII nos recuerda que la economía nacional debe otorgar a todos, "sin interrupción, las condiciones materiales en las cuales podrá desarrollarse plenamente la vida individual de los ciudadanos".
Se trata, entonces, de la seguridad económica personal. Algunos dirán: "Sí, pero ¿no reconoce eso el gobierno con sus leyes de seguridad social?" Sí, y nos alegramos de que ya existan leyes de seguridad social, como las asignaciones familiares, pensiones de vejez y, más recientemente, la ley del seguro de desempleo, para llenar los vacíos que aún existían en la legislación social. Pero todo eso se concede con cuentagotas, y depende de la capacidad de recaudar impuestos del país, en lugar de basarse en la capacidad productiva del país. Además, en esas leyes hay un aspecto de mendicidad, de dependencia por parte de los solicitantes, y un aspecto de fiscalización por parte de las oficinas del gobierno.
Estos aspectos negativos deberían desaparecer, para llegar progresivamente a otro sistema; ¿cuál? Pues, el que presentan las propuestas del Crédito Social, o democracia económica, que serán explicadas en otros artículos, porque éste ya es bastante largo. La seguridad económica forma ciertamente parte de la organización de un mundo mejor, mejor para todos.


